No sabemos mucho de la vida de Hamnet, el hijo menor de Shakespeare que murió a los 11 años. Pero en Hamnet, de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell (1972), la literatura insufla de vida a ese niño, y de paso a su padre escritor, a su familia, a la vida en el pueblo de Stratford y principalmente a su madre, Agnes, la gran protagonista de esta novela que tanto ha llamado la atención de la crítica y los lectores durante este año. Ganadora del Woman’s Prize for Fiction 2020, Hamnet es de esas novelas donde uno vuelve a creer en el arte de narrar, donde uno se olvida por un tiempo del lugar donde está y podemos entrar en otra época, en otro mundo, en otras vidas.
La historia comienza con un joven que crece en un pueblo de Inglaterra de fines del siglo XVI en medio de una familia de comerciantes; el padre es un ser violento e impositivo, la madre y los hermanos apenas sacan la voz, pero él es distinto: imagina, sueña, lee y escribe -algo nada común en su entorno- y que se enamora de una joven poco convencional, con fama de curandera, nacida entre los bosques, con quien se casa luego de que ésta queda embarazada.
Y ahí nace la familia nueva del escritor, viviendo con la ayuda de sus padres en un espacio adyacente a la casa paterna. Es ahí también donde nacen los niños, y donde el genio creativo del futuro dramaturgo (que es Shakespeare, aunque nunca se lo nombre) se sentirá oprimido.
La novela, de gran realismo, está escrita con simpleza y sin artificios; es una obra evocadora y ambiciosa que recuerda a grandes autores como Proust y Balzac, y aquellas obras clásicas que profundizan tanto en el interior de los personajes como en el ambiente que los circunda. La gran protagonista es Agnes, la mujer del escritor. Ella es la que lo elige entre otros, quien decide embarazarse y formar una familia con él, y quien descubre que la felicidad de su marido sólo estará en Londres, la capital, donde un artista de la época puede convertir sus sueños en realidad. Agnes es generosidad y naturaleza, se conecta con lo humano y con lo divino, conoce de plantas y hierbas, es capaz de sanar a la gente y conocer a las personas con solo tocarles las manos. Es la que sabe que uno de sus hijos morirá y, cuando esto ocurre, la que debe amortajar a su pequeño, armar el ramo de flores que lo acompañará en su tumba con “ruda, consuelda y ojos dorados de manzanilla”, y sufrir con intensidad el duelo.
En la novela hay escenas que son pura literatura, como aquella que sigue a la pulga infectada con peste negra en su viaje desde un mono en Alejandría al cocinero de un barco, pasando por Italia hasta llegar a Henley Street en una caja de cristales de Murano, contagiando al niño con la mortal enfermedad.
Hay también escenas tristes, la enfermedad de Hamnet, el hijo fuerte que se supone que no iba a morir, y su posterior muerte, y el velorio que le sucede donde esta madre sola, que ha acompañado a tantos enfermos en su vida, ahora no se siente capaz de perder a su hijo para siempre. Hamnet es de esas novelas que se adentran en mundos desconocidos y quizás distantes, la vida de pueblo antiguo, el increíble universo de la botánica y el poder curativo de las plantas, pero también se conecta con temas universales: la familia, la vida en pareja, la maternidad y principalmente al dolor y a la muerte. En este sentido, es una novela sobre la pérdida que trae la muerte incomprensible de un hijo a causa de un virus lejano, y de la supervivencia de un matrimonio que ha pasado por tantas pruebas y separaciones, que ha vencido la distancia, los celos y el egoísmo. Hamnet es una novela sobre el duelo y sus distintas formas de vivirlo: ella sumergida en una profunda depresión, él creando sin parar en los corrales de comedia y en su austera habitación en Londres.
Hamnet es una novela sobre el duelo y de sus distintas formas de vivirlo: ella sumergida en una profunda depresión, él creando sin parar en los corrales de comedia y en su austera habitación en Londres.
La obra no es una novela histórica, como han sugerido algunos críticos, o al menos no una con pretensiones de reconstrucción fidedigna. La prueba es que la autora ni siquiera nombra a William Shakespeare, siempre es “el esposo”, “el padre” y, sobre todo, que el centro de la obra lo constituye Agnes, la mujer del dramaturgo, cuya vida e injerencia en la obra del escritor no suele ser resaltada por la biografías.

El resultado es un personaje notable, valiente, al cual no le importan los chismes y habladurías del pueblo, conectada con una mirada sobrenatural, que carga con la premonición de saber que en su lecho de muerte faltará uno de sus hijos a su lado y, a la vez, capaz de sentir, al tocar la palma de su amado, que su vida no esta ni en Londres ni en Stratford sino en un sitio al interior de su cabeza: “ (…) un país entero, un paisaje. Has ido a ese sitio y ahora es más real para ti que cualquier otro. Nada puede alejarte de ahí. Ni siquiera la muerte de tu propio hijo”.
¿Algo de esto sucedió en realidad? Poco importa. Lo cierto es que Maggie O’Farrell le dio un espacio a la vida y muerte del único hijo hombre de Shakespeare, y nos convenció que esa obra magnífica que es Hamlet solo pudo existir luego del trance de dolor y el ansia de resurrección que tenía su autor.
Hamnet / Maggie O’Farrell / Libros del Asteroide (2021)

