Puedes olvidar,
pero déjame decirte que alguien
en algún tiempo futuro
pensará en nosotras)
(Ahora mientras danzamos, Soledad Fariña)
Son pocos los caminos que se han construido para recorrer la obra de Soledad Fariña. Compleja, fracturada, llena de referencias. Una voz que se construye a través de fragmentos. Huellas sobre otros que la poeta persigue en continua referencia. Son limitadas las obras de Soledad Fariña que no aluden a otro sujeto autoral. Ejemplos sobran. Desde su primera obra El primer libro (1985), hasta Donde comienza el aire (2006), las referencias se construyen ya sea desde un pasado original —en el sentido de origen— hasta la conversación con obras contemporáneas.
De esta forma, la obra de la poeta se compromete con una búsqueda por desarrollar un constructo de voces autorales que cuestionan los fundamentos de la escritura entendida como actividad solitaria. Así, por ejemplo, en El primer libro —donde Javier Bello y Olga Grandón han encontrado referencias al libro original Popol Vuh— la poeta trae hacia la modernidad la construcción de una identidad latinoamericana, una búsqueda horizontal por dialogar de par a par con aquellos ancestros que alguna vez habitaron este continente. Es patente, desde sus inicios, la búsqueda formal y lírica de la poeta por desentrañar una identidad. Pero la búsqueda por el origen y la base de un sujeto latinoamericano, nunca ha sido fácil. Para muestra, su poemario inicia ya con la dubitación de un sujeto sin pasado. “Había que pintar el primer libro pero cual pintar/ cual primer”.
Sin duda, la conversación de Soledad Fariña con las raíces de una identidad trae al ahora esa luz del tiempo. En este ejercicio, la poeta trae al presente, a su presente, las voces de un pasado ya extinto.
Las relaciones con la dictadura militar que motivaron la composición de este Primer Libro son evidentes. Es común la vinculación de los reiterativos choroyes que aparecen como vigilantes de la voz poética que traza el camino: “Por qué tan tristes por qué así estos colores,/ dicen, preguntan los choroyes de alas verdes/ que pasan en bandadas”. Sin embargo, no pretendo explayarme en torno a estas implicaciones pues sobrepasan, por mucho, las intenciones de esta reflexión.
Me interesa enfocarme así en el diálogo que Fariña desarrolla en la unión de voces. Mi idea fundamental en esta reflexión es la comunidad autoral que la poeta desarrolla en su obra. Para tal fin, puede ser iluminador comprender el trabajo con la tradición que Soledad Fariña ha desarrollado en poemarios como El Primer Libro (1985), En amarillo oscuro (1994), Pac Pac Pec Pec (2012), Ahora mientras danzamos (2012), entre otros. Aquí sería útil señalar lo dicho por Nadia Prado en su ensayo El poema acecha en los intervalos, en el cual afirma: “El poema libera en el ahora esa luz del tiempo que lo ha apresado en ese antes sin después cuando ya no puede volver”. Toda composición del pasado, se contiene en su momento histórico, contextual. Sin duda, la conversación de Soledad Fariña con las raíces de una identidad trae al ahora esa luz del tiempo. En este ejercicio, la poeta trae al presente, a su presente, las voces de un pasado ya extinto. Aquellos antepasados que alguna vez desarrollaron una comunidad, y por ende su identidad, son desenterrados por la visión de la poeta. Estas voces son ampliadas bajo un nuevo foco. El foco actual, el foco moderno. Fariña acecha entre poemas-vestigios, en un trabajo de antropología poética con el propósito de dar sentido al pasado, a conectarlo nuevamente con la modernidad y encauzar así ambas corrientes, a saber, un pasado sepultado y un sujeto sin identidad.
El resultado de esta continua referencia, es un poema que juega de manera dual con los espacios históricos-identitarios. En este sentido, el texto trasciende su propio territorio sin olvidar la referencia a su origen primigenio. Lo dual se expresa desde la actualidad de su composición. El pasado dice ahora algo nuevo. Se construyen lazos. El trabajo de Soledad Fariña expresa mediante la eliminación de las fronteras que su poesía exige. El poema absorbe, cambia, se actualiza.
Volviendo a lo propuesto por Prado, se dice: “Lo definitivo excluye, por esta razón el poema desterritorializa”. La creación de un nuevo texto, a través de su referencia anterior, quita las fronteras que encerraban la materia original. El trabajo con otros, en tanto es patente y reflexivo, se puede entender como un esfuerzo por obrar de manera colectiva con otras voces, que juntas, permiten conformar una comunidad autoral, y en el proceso, la búsqueda por esta quiénes somos. Esta óptica obliga al lector a preguntarse sobre las posibilidades de escritura colectiva para la gestación de su propio yo poético. Más allá de una mera apropiación de otras lecturas para desarrollarlas en el trabajo con lo propio, Soledad Fariña se aleja de esta posición egoísta para formarse como una más del trabajo colectivo. Esta fórmula, recuerda en cierta medida lo desarrollado por Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles: “El escritor no ‘devuelve’ ‘algo’ que ‘tomó’ de la comunidad sino que se devuelve a sí como parte orgánica de la misma”. Entendido así, este acto de reflexión sobre otras lecturas, retorna a la idea de comunidad, pero no ya como una respuesta última. No una comunidad que se “obtiene” a través de la configuración de un poema social, sino más bien, haciendo uso activo de esta para formar puentes hacia lo que se ha perdido. Tácitamente, Soledad Fariña se vuelve parte de este entramado, sin buscar respuestas absolutas. Una poesía que se concentra en el quehacer y la actividad.
Al mismo tiempo, existe un constante trabajo desde la corporalidad presente en la obra de Soledad Fariña. En ella, la entrega del cuerpo al poema se encuentra a cada esquina. Reza su poemario Albricias (1988): “Saciar su hambre / (de esencia) / pide la lengua). La petición del cuerpo como una entrega al conjunto de una comunidad. En ella, la autora se desliga de una mera composición externa, como una compositora que construye la tradición. En la entrega del cuerpo, se encuentra el trazo de un territorio corporal. Una construcción en donde cuerpo, tradición, lengua y comunidad se entremezclan en continúo vaivén.
La cantidad de referencias que aparecen y que construyen los puentes que Soledad Fariña traza entre comunidades presenta sin duda un enorme aparato de raíces, de fuentes, en los cuales la poeta se introduce como una más. Es válido recordar entonces el trabajo de Soledad Fariña con autores ya contemporáneos. Así demostrado con obras como la plaquette Todo está vivo y es inmundo (2010), en donde la autora juega con las “palabras no dichas” de la Pasión según G.H de Clarice Lispector, la referencia a Gabriela Mistral en Otro cuento de pájaros (1999) o el gran entramado referencial que juega entre reescritura, influencia y écfrasis en Donde comienza el aire (2006). Poemarios que renuevan la discusión hacía el trabajo entre pares, cuestionando la propiedad de lo poético.
El gran entramado de articulaciones que Fariña produce a lo largo de su obra, deja tras de sí una conexión de difícil acceso. Un laberinto de polifonías en que se percibe el trascendente deseo de abarcar lo humano en la forma. Un mapa que marca todo el territorio de una memoria abarcadora. Permitiéndonos percibir un latir poético único y trascendental, en donde la voz autoral —si es que aún es posible ubicarla— solo es un medio, un canal de comunicación.

