Esta es una historia escrita en sordina, donde la música de la infancia no estalla, sino que se filtra como un eco submarino. Zorda, de Octavio Gallardo, no es una novela: es una plegaria fragmentada, una elegía con sordera, un cuaderno de notas escritas desde el borde del lenguaje. No hay aquí un relato lineal, sino un estallido de memorias rotas que se recomponen como vidrio molido bajo la lengua.
Octavio Gallardo ha escrito un libro que parece no querer ser oído, sino escuchado. En él, la protagonista —una niña con hipoacusia— nos enseña el mundo tal como lo perciben los seres que no tienen la audición completa pero sí una sensibilidad amplificada. Al modo de Mark Strand, donde lo que falta es lo que define el poema, Gallardo nos dice: el silencio no es vacío, es densidad de lo innombrado.
“La sordera es como meter la cabeza en el agua”, escribe. Pero a lo largo de Zorda descubrimos que esa inmersión es una forma de mirar desde otro sitio, más profundo, más turbio, más verdadero. Como los personajes de John Cheever que en suburbios pulcros esconden un caos emocional, aquí, en las calles de Recoleta, en los barrios pobres de los años ochenta en Chile, hay un realismo encantado, un lirismo sucio.
Esta obra recuerda a la Elena Garro de Los recuerdos del porvenir, a la Lispector de La hora de la estrella, pero también —y quizás más profundamente— al Baricco de Océano mar, donde lo líquido es el lenguaje y lo inmóvil es lo que se busca. Baricco dice: “Hay cosas que sólo se dicen en la lengua en que se recuerdan”. En Zorda, la narradora recuerda en una lengua hecha de agua, de ruido blanco, de silencio:
“Tengo hipoacusia, que es como meter la cabeza en el agua. Así le llaman los médicos. Una mezcla de hipo y agua.”
Al modo de Mark Strand, donde lo que falta es lo que define el poema, Gallardo nos dice: el silencio no es vacío, es densidad de lo innombrado.
Gallardo nos arrastra por la precariedad con una belleza que duele. María —la madre adoptiva— es uno de los personajes más conmovedores de la narrativa contemporánea chilena. En una de las páginas más bellas, dice:
“Me llamo, o así me dicen, María y soy insignificante al lado de mis hijas, como si ellas fueran una araucaria, y yo hubiera nacido al borde de un río, apenas agarrada de la tierra.”
El lirismo de Gallardo es feroz y, a la vez, profundamente tierno. Como dije antes, hay ecos de Cheever en esa capacidad para revelar lo trágico en lo doméstico, en lo cotidiano, pero aquí la vida no se bebe con whisky sino con leche en polvo y pan con margarina. Hay escenas de una belleza punzante. Cito:
“Estoy muerta. Me lancé desde un despeñadero fabuloso cerca del faro […]. A ese cuerpo se lo fue llevando el agua. Mi cuerpo.”
“Tengo 8 años, creo, o algo así.”
“Mi madre desgajaba las uvas en invierno. Me sentaba frente a la ventana donde daba la lluvia. Le quitaba la piel a las uvas con la boca, y luego me las daba.”
Estas oraciones son piezas de un cuerpo narrativo que se forma y se deshace como el recuerdo de una madre que no estuvo, o que estuvo mal. Ana y María —las dos madres— son figuras borrosas, contradictorias, potentes. Una entrega, la otra acoge. Pero ninguna basta.
Zorda es, en su médula, un acto de amor hacia la infancia abandonada. Pero no hay melodrama aquí. Gallardo escribe con una sobriedad rota. Con una belleza que raspa.
Hay una escena en la que la protagonista, niña aún, escucha el pitido que no cesa, mientras su madre le canta:
“Arrorró mi niña, arrorró mi sol, arrorró pedazo de mi corazón.”
Y ahí, uno entiende que esta novela es, en verdad, una canción de cuna para los desterrados, una plegaria por los que nunca escucharon del todo, ni fueron escuchados. Octavio Gallardo ha escrito una obra que no busca gritar, sino acariciar con las yemas de un oído averiado. Y como escribió Eliot en ‘La tierra baldía’ —verso que Gallardo epigrafía—: “Una corriente submarina / recogió sus huesos en susurros.”
Zorda es ese susurro que no cesa. Un libro escrito desde el lugar donde el lenguaje tiembla.

