Pensé que la pandemia era un buen momento para hacerme ver un dolor crónico que arrastro en la espalda, zona lumbar. Como la situación económica anda desmejorada, y en realidad porque sí, busqué hora en un centro médico que sé que es barato. Traumatólogo especializado en columna. Las primeras horas disponibles estaban para Noviembre (lo que cuento pasó en Septiembre). Pero había un solo médico traumatólogo con horas disponibles, para la semana siguiente. Esto me pareció sospechoso…. Chequeé varias veces, pero era así, tal cual. Todos los médicos estaban ocupados por los próximos dos meses, excepto este que tenía horas libres casi de inmediato. Tenía apellido extranjero. No se qué me produjo este dato, ni siquiera sé porque lo comento en verdad. Sólo lo dejo anotado. La cosa es que pedí la hora.
Era un tipo panzón, en sus 50. Me llamó la atención al tiro como alguien un poco exuberante. Me saludó de mano (¿Covid?), se puso a contarme algunas cosas de su trabajo, me preguntó muchas otras. Quiero decir, no se veía apurado para nada. Eso es raro en un médico ¿no? Sobre todo en uno de una consulta económica
Quiero decir, no se veía apurado. Eso es raro en un médico, ¿no? Sobre todo uno de una consulta económica.
Me hizo desnudarme de la cintura para arriba, me sacó fotos, me mostró luego las fotos. Conclusión; me paro ladeado. Sorprendente, nunca me había dado cuenta. Luego las borró delante de mí, bien ahí. Me hizo acostarme, me midió las piernas, me dijo que tenía una más corta que la otra, me tranquilizó que era normal igual, el cuerpo humano no es tan simétrico, o isomórfico, una palabra de ese tipo. Para concluir, me mandó a hacerme los exámenes de rigor.
A las dos semanas volví. Lo encontré todavía más contento que la vez anterior (me daba la sensación de que era uno de sus pocos pacientes, y se alegraba de verme). Yo venía un poco atrasado, así que le pedí disculpas, pero me dijo que era mejor así, porque había tenido tiempo de consultar mi caso con otro médico, un especialista (¿no se suponía que él era el especialista?). Me mostró las radiografías en el computador, con toda clase de explicaciones. Ese tipo de médicos que te explica muchas cosas que uno no entiende, al menos yo. ¿Te fijas que aquí hay una pequeña deformación? ¿Ves esta inflamación aquí? Yo sólo veía manchas, como un test de Rorschach.
Después me dijo, con tono de que venía lo más importante: Fíjate aquí, ¿ves esta manchita? ¿De qué color es? Gris, le dije. ¡Exacto! respondió, con gran entusiasmo. ¿Y esta otra aquí al lado? Me empecé a poner un poco nervioso. Es decir, era una radiografía, un conjunto de manchas más o menos todas iguales.
¿Gris también? le consulté.
Esta respuesta lo molestó ostensiblemente.
“¿Pero son del mismo color, o color distinto?” volvió a preguntar
“Mismo color”
“Míralas bien (cada vez más alterado). Esta, y esta otra. ¿Son del mismo color?
Obviamente, me di cuenta que la respuesta correcta era que no, que no eran del mismo color. Pero entre que me molestaba un poco su pedagogía, y además objetivamente se veían exactamente del mismo color, decidí insistir en mi punto, aparentando total ingenuidad.
“Claro, del mismo color, ambas son grises”
Bueno, historia corta, se fue alterando cada vez más. Sacó una hoja de papel, las puso alternativamente al lado de ambas manchitas, me pidió que, con ayuda del contraste, me fijara bien, que si no notaba ninguna diferencia. Terminé por reconocer que una era un poco más oscura.

Esto lo tranquilizó por fin, y procedió explicarme que eso significaba que una estaba un poco inflamada, y no sé qué cosas más. Me dijo que necesitaba kine, y una plantilla, en un solo pie, para emparejar el largo de mis piernas. Me explicó con muchos detalles el tipo de plantilla que necesitaba (recta), como tenía que usarla, dónde comprarla. Cuando le pregunté si eran muy caras, se molestó también. Me dijo que él no sabía de esas cosas, como si lo hubiera importunado con una minucia. Después, me recomendó que pidiera una plantilla italiana, porque eran más blandas. De pronto, sacó una, y me hizo tocarla.
“¿Ve, se da cuenta?”
Le dije que sí, que me daba cuenta de todo.
Después, lo vi ponerse la plantilla en su zapato y calzárselo otra vez. ¡Se la acababa de sacar de su propio pie! No me había dado ni cuenta. Quizás, debería haber apreciado el gesto, pero lo encontré un poco asqueroso. Me dieron ganas de limpiarme la mano con alcohol gel.
En mi casa me dijeron que las plantillas no servían de nada, que eran super incómodas, etc etc. Ni siquiera averigüé el precio. Decidí pedir hora con otro médico, antes de ponerme a usar plantilla de por vida, aunque fuera italiana. Esta vez, fui a una clínica famosa, todo lo que es barrio alto, Valor de la consulta (con descuento): $ 40.000. El médico también era de apellido extranjero, y además, compuesto, por más señas. Se veía apurado, no me preguntó ni la edad. Tampoco qué tipo de trabajo tenía, si era sedentario, si hacía algún deporte (me gusta responder esas cosas, contar un poco de mí). La consulta debe haber demorado 7 minutos y medio, y eso que traté de alargarla con hartas preguntas. Miró las radiografías que le había llevado en un pendrive, dictaminó que estaba todo perfecto. ¿Pero no tengo una pierna más larga que la otra, no debería usar plantilla? Desechó con un gesto. Para nada, todo perfecto, aquí se ve, mira…

Me dieron ganas de decirle si no quería que me desnudara, y sacarme fotos, para que viera si me paraba ladeado. Pero obviamente no me atreví. Quizás me dejé intimidar un poco por el apellido compuesto. Me recetó kine, y un remedio por si me dolía.
“Yo tomo ketoprofeno, ¿no sirve?”
Si, también sirve, pero este es mejor.
¿Mejor para quién? me dieron ganas de preguntarle.
Al final, no me hice la plantilla, y sigo tomando ketoprofeno cuando me duele. No sé si habré hecho lo correcto. Pedí hora de kine eso sí, tengo mis esperanzas cifradas en eso.
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