Maternidad polifónica, Crítica de La hija única, de Guadalupe Nettel

Distintas formas de vivir la maternidad, y de enfrentar la forma en que se ha construido culturalmente este concepto.

Tiene que haber sido en quinto o sexto básico que tuve una prueba de ciencias en la que debía discriminar entre comportamiento instintivo o aprendido. Uno de los ejemplos pedía reflexionar sobre la forma en que los pájaros hacían su nido. No lo pensé tanto y marqué la alternativa que la señalaba como una actividad aprendida, enseñada por sus padres. Hasta que llegó la prueba corregida no me di cuenta del error. Con rojo, mi profesor me instaba a pensar cómo habían aprendido esos primeros pájaros padres a construir el nido. Entonces, entendí que el instinto era como una verdad incorporada, que operaba desde la sombra, grabada a fuego en los genes y que fijaba la actitud correcta, de alguna forma, superior al aprendizaje. Me imagino que dentro de esa bolsa puse la maternidad y la crianza de los hijos, sin espacio para el cuestionamiento. La construcción cultural de la maternidad apareció después, y tuve que aprender que la culpa, el arrepentimiento, la frustración estaban ligados a ella, y que para eso no había ninguna brújula oculta que te guiase. Había que volver a pensar sobre lo aprendido, y cómo aquellos hábitos incubados en la infancia, “(…) agazapados en un lugar tenebroso de la memoria, cuando menos lo esperamos, nos saltan a la cara como gatos enfurecidos” (Nettel, El cuerpo en que nací).

En La hija única, su nueva novela, Guadalupe Nettel (México, 1973) aborda de nuevo esta confrontación, la pelea de gatos enfurecidos que se produce entre las certezas heredadas y los nuevos aprendizajes.

La historia es narrada por Laura, quien ha vuelto a México para terminar su tesis doctoral, luego de un período de estudios en Francia. El reencuentro con su país y sus antiguas relaciones, provocarán cambios en su vida, el más importante de los cuales se relaciona con su amiga Alina, quien ha transitado desde la abstención de los hijos a la compulsión por tenerlos. Esta decisión implica una transformación que va operando desde la invisibilidad de los primeros cambios, hasta una metamorfosis física, social y psicológica cuya forma final sólo se puede intuir. Laura va siendo testigo de esta nueva cotidianidad y observa con perplejidad cómo Alina se distancia y diferencia de aquello que pensó que las unía, desafiando la coherencia de decisiones anteriores, y cuestionando el vínculo existente entre ambas.

Ambas se conocen desde los veinte, pero ya a mitad de los treinta han decidido materializar su decisión final sobre la maternidad en sus cuerpos: Alina con el embarazo y Laura con la ligación de sus trompas.

Esta aparente dicotomía pareciera situarnos en una oposición clásica en términos narrativos: las dos amigas encarnan posturas antagónicas, representando los argumentos en pro y en contra de los hijos. Sin embargo, no parece ser este el propósito de la novela, sino más bien una construcción polifónica y cultural de la maternidad. Así, a lo largo de la novela comienzan a desenlazarse los matices y las particularidades de la vivencia de la maternidad, y de la abstención de la misma, en mujeres de distintas edades, que se entrecruzan en la cotidianeidad de las protagonistas, y juegan un papel fundamental en la construcción coral. Estas mujeres (como la mamá de Laura o su vecina Doris) irán visibilizando –a través del relato de Laura– a quienes no pueden tener hijos, a quienes cuidan a las hijas de otras, a quienes son madres solteras, a quienes sienten miedo de sus hijos, a quienes crían de forma colectiva, y a mujeres cuyos hijos no cumplen sus expectativas.

mujeres de distintas edades, que se entrecruzan en la cotidianeidad de las protagonistas, y juegan un papel fundamental en la construcción coral

A pesar de este carácter polifónico que logra la novela en torno a la maternidad, llama la atención que esta construcción se limite a un único segmento social. Tal vez hubiera sido interesante, para una exploración más compleja del tema, incorporar las cargas y consecuencias que implica la maternidad en otros estratos sociales.

En todo caso, la dificultad que enfrenta Alina para quedar embarazada no constituye el principal conflicto en su historia, sino el diagnóstico que sentencia que su hija morirá a las pocas horas de nacer y es aquí donde la maternidad sufre otro vuelco y adquiere una dimensión aún más profunda, insertando la muerte como otra normalidad. El sufrimiento se va desplegando a través de un lenguaje científico y podemos observar un campo de batalla distinto en el que debe reconfigurarse y resignificarse la maternidad. La novela es emotiva, hurga en el sufrimiento y el dolor, pero a través de una estructura contenida, a veces hasta pragmática, lo que produce un equilibro estético entre las emociones y la narración de los hechos. Esto resulta coherente con los personajes y su desarrollo, e impide que haya un desborde de emocionalidad.

Es una novela fluida, que va alternando el desarrollo de las historias en capítulos cortos donde la dificultad tiene que ver con la temática escogida y no con los recursos formales que elige para narrar, lo que la distingue de las anteriores entregas de Nettel, como Después del invierno, que nos sumergía en una propuesta narrativa a dos voces, o El cuerpo en que nací, estructurada como un largo monólogo.

En palabras de Virginia Woolf, podríamos asegurar que, ante un tema tan controversial no podemos aspirar a la verdad. Es posible mirarse, abismarse y reconocerse en La hija única por la transversalidad del tema, y por su capacidad de desencadenar discusiones y cuestionamientos en distintas situaciones y edades.

La hija única / Guadalupe Nettel / Anagrama, 2021

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