Las casas parecen colgar de la ladera del cerro, cuadrados de palets de madera y techos de zinc, todavía brillantes. Están separadas por callejones y se amontonan unas sobre otras. Frente a ellas, cuelgan ropas de cordeles y aparecen letreros de tiendas improvisadas, Kenda Beauty, el Almacén Haitiano.
“Cuando llegamos, el cerro era pura tierra”, dice Noemí. “Fue hace un año, aquí no había nadie. Ahora tenemos luz, electricidad, una casa”, explica mientras camina por el callejón arenoso por el que se llega a su casa, en la zona El Mirador, de la toma Bosque Hermoso en Lampa. “Solo nos falta el agua, todas las noches alguno debe bajar para conectar una manguera y una bomba y jalar agua de la casa de una vecina”. Entre todos los vecinos de la toma, se turnan para cumplir esta pesada misión.
“No siempre tuvimos estas comodidades”, recuerda Noemí. “Los primeros días fueron muy duros, teníamos miedo. Nunca había sentido tanto miedo como cuando llegamos. El miedo a perder todas nuestras cosas, a que nos echen de acá. En las noches el viento era fuertísimo, hacía mover las paredes, y los vecinos de abajo, de Lampa, nos gritaban que nos fuéramos”. Incluso escuchaban disparos, relata.
Noemí tiene 38 años, es flaca y está cubierta por capas de lana. Lleva un gorro negro y una mascarilla blanca que sólo deja ver sus ojos, dos delgadas líneas negras, y sus pómulos anchos. “Esta es la casa de mi hermana”, explica, al interior de un espacio sin ventanas, con piso de vinilo en el que no se ve una partícula de polvo. Tiene un sofá de tela y un comedor con mesa de vidrio y sillas negras de metal; una cocina con un mueble largo, un lavaplatos, estantes y un microondas. Una cortina separa los otros dos ambientes: el baño, donde está el inodoro y la ducha, y la pieza, donde hay una cama, una cuna de plástico verde y un camarote con varias capas de cobijas de lana de colores, globos y peluches. Un televisor distrae a los niños. “Mi casa la estamos reconstruyendo con ayuda de los vecinos, porque se pudrió el piso con el agua que baja del cerro” explica.
A Chile, Noemí llegó “como llegamos todas, de nana.” “Comencé trabajando en una de esas casas grandes que hay en Chicureo, con pasto verde, con flores, con piscina. Cuidé los niños de la familia”. Tras pocos años se fue. “Conseguí trabajo en una empresa contratista, de las que hacen limpieza en edificios de oficinas, y donde venden autos”.
Con el nuevo trabajo se mudó al barrio Independencia, a una de esas casas grandes y pareadas que resisten desde siglos pasados, pintadas de rojo y tonalidades pasteles. Ahí alquilaba una de las 15 piezas que se estrechaban en el segundo piso. “Compartíamos todo con el resto, un baño, la cocina, todo”. A las 7 de la mañana salía a trabajar y dejaba a sus hijos con su hermana, o alguna amiga para que los cuidara.
Hace casi una década, Noemí decidió irse de Perú. Habla poco de los años anteriores, solo generalidades. “Tuve que venir por problemas económicos”, dice. “Estaba muy endeudada”. Llegó sola. Su hijo vino después, cuando tenía 13 o 14 años, y su hermana la siguió. Su pareja se quedó en Perú y no volvió a saber de él. En Chile tuvo dos hijos más, el padre tampoco está.
Antes de llegar al cerro, a Noemí le alcanzaba el sueldo para mantener a sus tres hijos e incluso le quedaba algo para enviar dinero a sus padres en Perú. Entonces, llegó la pandemia. Perdió su trabajo y le pidió a la dueña de la pieza que alquilaba que la esperara. “Y me dijo que no, que desalojara”, dice. Entonces, le “llegó la voz” de que personas se estaban yendo a Lampa a armar sus casas en un cerro. “Y como ya no había opción, sin trabajo, sin nada, decidimos venirnos para acá”.
Al comienzo, recuerda, no había nada. “Era vacío. Vacío. Puro cerro y pura espina”, dice. Llegó, con sus tres hijos: 19, 6 y 4 años, a un cuartito, a un cubo de palets de nueve metros por tres, sin ventanas.
Al comienzo, recuerda, no había nada. “Era vacío. Vacío. Puro cerro y pura espina” dice. Llegó con sus tres hijos: 19, 6 y 4 años, a un cuartito, a un cubo de palets de nueve metros por tres, sin ventanas. Se amontonaban todos en el piso, con unas diez personas más. “Con suerte había un colchón, vivíamos en nada”, recuerda. “Esos fueron los peores momentos. Sin luz, en la oscuridad del cerro, yo lloraba toda la noche. El viento, la lluvia, los truenos. La casita se movía y yo gritaba ¡hermana! ¡hermana! Y lloraba porque pensaba que se iba a caer”.
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“Al comienzo éramos pocas, casi todas mujeres y madres solas”, recuerda. Con el tiempo, las cosas se fueron asentando. Y se fueron organizando. “Entre todas fuimos construyendo las casitas, una a una, y cocinábamos con leña en ollas comunes”, dice. Y aclara que no ha recibido ni un peso en ayudas del gobierno. Así que, finalmente, le pidió $300.000 pesos prestados a un primo para construir. “Lo más barato, para armar un cuarto, los palets más baratos”, asegura. Pero armarlo fue complejo. “Debía viajar a Santiago a comprar, así que muchas veces por pagar el pasaje no me alcanzaba para almorzar. Pero para los niños siempre hay, uno les hace un arroz o un huevito, cualquier cosa”, dice.
Costó, pero logró armar su primera casa, palets y zinc, y ahí se acomodó con sus hijos. Hace pocas semanas encontró trabajó, en otra empresa contratista de limpieza. Y, el mayor de sus hijos, el de 19 años, volvió a trabajar como barbero. “Con la pandemia también perdió su pega, pero ahora lo hace a domicilio, con los vecinos”, dice Noemí. A pesar de contar con un pequeño refugio, el miedo persiste. “Mi ilusión es que nos digan que esto es nuestro, para que podamos vivir tranquilas”, dice. “Ahora vivimos con la tensión de que nos echen, de no tener donde ir”.

Pero se han ido organizando cada vez más en la toma. Cuando llegaron, crearon un comité y ella, como una de las primeras en habitar el cerro, tomó el puesto de secretaria. Pero hubo problemas. La llegada de familias de peruanos, de haitianos, de dominicanos, de venezolanos y de chilenos trajo conflictos, que terminaron por romper la organización. Al antiguo director del campamento lo acusaron de estar “traficando terrenos” y lo asesinaron. La animita está a unos 100 metros de su casa: blanca, resalta sobre la tierra seca, y tiene una flor de papel rosado que gira con el viento. “Ahí lo mataron”, dice Noemí, sin mayor sobresalto, como si hubiera sido un día más. “Pero a nosotras nunca nos intentó vender ningún terreno y, de hecho, nos ayudó a construir nuestra casa”.
“Era así antes. Se escuchaba mucho disparo, mucho conflicto”. De hecho, explica, el cerro está divido por nacionalidades. Tras el asesinato, Noemí dice que hicieron una reunión grande, entre todos. “Hablamos de que éramos iguales. Todos queremos un techo donde vivir y no tenemos cómo pagarlo”, dice. Las cosas se calmaron.
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Lo que más le preocupaba a Noemí cuando llegó eran sus hijos, que lo fueran a pasar mal. “Me daba miedo el frío, el clima, el cerro que era horrible, espinoso, me preocupaba cómo iban a caminar por ahí”. Pero las cosas han cambiado mucho, y los niños se adaptaron, dice, y están felices. Incluso a Emilio, el del medio, le decían “el niño de los cerros” por como corría por todas partes. “Lo único es que la carita les cambió”, dice Noemí. “Se les rajó con el frío”.

Hace poco, se volvieron a organizar, recuerda Noemí. Ahora, para celebrar el día del niño. “El día más feliz que he tenido en El Mirador”, según relata. Se acerca y muestra fotos en su celular. Al fondo hay un escenario de telas amarillas, rojas y moradas, que cuelgan como cortinas y que se unen en el medio por un moño verde. Al frente hay una veintena de niños, algunos posan, otros miran distraídos, varios tienen cintillos de colores o cuernos de unicornio. Entre ellos hay adultos, uno con un disfraz de pollo, una con falda verde fosforescente. Otro, en el fondo, vestido de payaso tiene el pelo rojo y maquillaje que no se ha corrido en una sola línea. Entre medio, se alcanza a ver una mesa con torta y dulces. La secuencia de fotos sigue con niños que entran y salen, con nuevos disfraces, uno rojo con rayas negras y antifaz, otro de princesa. Algunos cables llevan al parlante de donde salía la música. “Nos organizamos entre todos los vecinos y pedimos ayuda y donaciones de caramelo y dulces”, dice. En otro video del celular se ve a Noemí de cuclillas lavando ropa en un balde blanco de plástico. El sonido es cumbia, solo interrumpida por algunos gritos agudos de felicidad de uno de sus hijos que, con los pantalones remangados, lanza agua a su hermano en un pequeño riachuelo. Algunos gritos y risas continúan mientras la cámara gira y muestra a otro niño en camiseta y calzoncillos, listo para entrar al agua, y más atrás una mujer que estruja ropa sobre un balde azul. De fondo, se distinguen unos pocos árboles y algunos cables en el piso, que cruza el riachuelo en un tambor de plástico. Más atrás, un par de casas sostenidas por delgados pilotes.
Una versión distinta de este artículo fue publicado en la revista El estornudo

