El gato en la oscuridad. Crítica de El diario de Koro, de Gastón Carrasco.

Gastón Carrasco entrega una bitácora de pandemia, impulsada por el literario felina y sazonada de reflexiones literarias no siempre de fácil acceso

Gastón Carrasco y su gato Koro viven la pandemia en un departamento al que le llega media hora de sol al día, entre los edificios monstruosos de la ciudad. Estamos ante un diario a cuatro patas, en un contexto de pesadilla distópica, un comic sobre la soledad y el trabajo creativo artístico, una novela-haikú en la que casi no hay página sin una muñeca rusa o caja china, referencias y metareferencias que obligan al lector o la lectora al constante gugleo, actividad que también el protagonista ejecuta como parte de su proceso creativo, desnudándosenos, con la nada silente complicidad del felino.

Acá no se cede al facilismo de un pop mainstream felino. Bien fino el ojo curador, que el buen gusto se note, un gato es dios. Se sabe. Y Carrasco sabe.

El protagonista de este diario es pues el propio Gastón Carrasco, escritor y académico, y por lo tanto las preocupaciones que mueven la acción del diario son las propias de alguien que trabaja principalmente leyendo y escribiendo. Es ciertamente lo que diríamos una novela muy “de escritores”. Tan de escritores como de gatos. El diario es también una bitácora bien editada a partir del ejercicio de fusionarse con ese animal mágico, su única compañía en un contexto claustrofóbico como la cruda realidad de este planeta en los nuevos “años 20s”. No espere el lector o la lectora una nómina de escritores amantes de gatos, o un lugar común sobre el gato en la literatura, ese etcétera que va de Borges a Poe. Acá no se cede al facilismo de un pop mainstream felino. Bien fino el ojo curador, que el buen gusto se note, un gato es dios. Se sabe. Y Carrasco sabe.

Entonces digo el ojo curador porque ya que el escritor va a contar cómo procede cuando trabaja, más vale que la materia prima con que se nutra sea exquisita, ¿no? Las citas, las referencias a que recurre Gastón, no son cualquier cosa. O esa sensación nos da, estamos ante alguien culto, estudioso, o cuando menos un ñoño, un especialista. El lado en serio de Dora la Exploradora y la Señora Interesante. La curiosidad intelectual como carta de presentación. La curiosidad, la misma que mató al gato.

Pero en un contexto en que los movimientos están proscritos, una época de toques de queda, salvoconductos y pases de movilidad, en que no se puede ni debe salir y vivimos como nunca antes la experiencia del encierro, ¿qué puede hacer un gato? Los movimientos se reducen al mínimo, hay asfixia, ahogo, constreñimiento. El mayor trayecto es del teclado a la pantalla, allí se acumulan los detritus del cotidiano, la pátina del pelo de gato y polvo que hace que las teclas se queden pegadas, por ejemplo. Desde los incompresibles títulos que encabezan cada párrafo se justifica un alfabeto de la prisión. Surge un alfabeto encriptado. Un algoritmo del animal enjaulado, el gato sin techo ni árbol ni pájaro. Un gato de polilla, en cuya dimensión o atmósfera se ofrece como única válvula de escape la propia interfaz de los pixeles, de modo que la fuga del delirio es a través del constante hiperlink. El trabajo del escritor como una arqueología particular, el modo personal de samplear, tu crucigrama.

Asistimos pues a la inagotable curiosidad de un escritor encerrado en la galaxia digital, que reflexiona, sin llegar a resultar un tedioso obsesivo, sobre sus propios ritos cotidianos y sobre sus efectos en el acto creativo, anotando las señales que encuentra en el camino, como un cazador de pelusas que desvían nuestra atención en el viaje de la realidad a la página en blanco, deteniéndose ora en el placer y la euforia, ora en la frustración y la melancolía de todo creador, en el equívoco de nunca dar con la obra total, completa, en la imposibilidad de la captura de lo inasible, de lo efímero:

LWRNC

Cuando se ve una silueta se tiene la tentación de rellenarla, como un niño ante un dibujo en blanco y negro. Quizá porque el mundo está a todo color y nos impacienta el tono documental del blanco y negro. Pienso en esto mientras miro a poca luz unos poemas de Luigi Amara sobre la nuca de una imagen, la de una mujer, de espaldas. La descripción de una imposibilidad y un secreto que no espera revelarse. La idea del envoltorio que plantea Barthes que obsesiona a los japoneses, puro significante, diría el crítico, pero también la obsesión por delinear lo imposible, lo que no está la cáscara de las cosas. Veo a Koro en el umbral de la puerta, está todo oscuro y es todo silueta. Podría ser también un gato negro que me visita de noche y escapa de día. Podría ser un mensaje, un animal que perturba en la noche al autor: cuervo, albatros, serpiente. Pero es un gato, como en Schrödinger, que podría ser Koro y no serlo a la vez.

En este único fragmento que cito queda claro, me parece, todo lo hasta acá dicho. He tenido la tentación de contabilizar las citas o referencias, clasificarlas por disciplina artística o científica. Será que soy muy ignorante no más, pienso. Gastón Carrasco ya ha demostrado en sus libros anteriores de qué madera está hecho. Cuando pienso en con quién podría dialogar éste Gastón Carrasco del “Diario de Koro”, se me viene a la mente el “Corazón tan puto” de Nelson Pedrero. Nelson Pedrero, que firmó como Martín Güiraldes la primera edición haciendo más confusas sus pistas, es un autor mitológico que publicó esa breve novela suya ganadora del Premio Alerce de la Sech en 1998, bajo el sello La Calabaza del Diablo, y luego dijéramos desapareció como escritor. La novela es narrada por el gato de un carabinero. Y nada más tienen que ver un gato como ése, y este otro, el cachorro con problemas estomacales de Gastón Carrasco, así que por cierto de nuevo, esto es sólo fruto de mi miopía e ignorancia, o si se prefiere de mi reducido o demasiado personal campo de referencias, al menos en materia de gatos. Nada más estoy siguiendo el juego o pagando con la misma moneda.

Oiga pero no se ponga así, si tampoco es pa llorar, pa echarse a morir ay pobrecito de mi soy ignorante. Si no es tan difícil leer este tipo de literatura pues. Mire, yo tampoco sé tanto, pero sí sé una cosa: que no siempre es necesario saber para entender. Por ejemplo. En el texto citado, el título LWRNC. Se entiende, ¿cierto? Ahí dice Lawrence, ¿se da cuenta? Yo no sé nada, no me han dado ningún dato. Es observar no más. Entonces ¿Por qué Lawrence, quién es Lawrence? ¿Es ese tal Barthes? ¿Es el tal Schrödinger? Ya, bueno estos dos son digamos “famosos”. Pero ¿el tal Luigi Amara, poeta? Bueno, con todo respeto, conocidos o desconocidos los gugleamos y listo, ¿no? Así funciona la cosa pues. ¿Descubrió entonces quién es Lawrence? ¿No? Bueno. Esto es lo más maravilloso, y por eso estos libros son tan geniales: ¿Quién es Lawrence? ¡Qué importa! Porque también puede ocurrir, y de hecho es lo más probable: no es nadie.

Es que así son los gatos. Se sabe.

Y de yapa un Roberto Carlos.

El diario de Koro/ Gastón Carrasco / Laurel, 2021

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