Las lecturas de Mayol

En  conversación con Pablo Torche, Alberto Mayol habla sobre sus lecturas de juventud, su preocupación por las problemáticas morales en autores como Dostoievski, y la crisis del Occidente actual

“Es que yo era bien nerd. O sea bien bien nerd” señala Mayol, tratando de sonar convincente, para explicar porque a los 15 o 16 años estaba leyendo a Camus, Beckett, Dostoievski. Recuerda bien el año, porque se figuraba que las andanzas de Rodión Románovich Raskólnikov en San Petersburgo transcurrían en un barrio similar al de Avenida Matta, y cuando pasaba por ahí, rumbo al centro desde La Cisterna, veía un rayado que decía ‘Teocráticos por Aylwin’ y le parecía que bien podía ser obra del protagonista de Crimen y castigo.

En esa época compraba los libros en la Feria Chilena del Libro de Huérfanos, donde tenía un librero amigo que le recomendaba autores. En la actualidad, más allá de sus labores académicas y de analista político, mantiene el hábito de leer una novela a la semana. Dirige talleres de lectura que dan cuenta de un amplío acervo literario, que va desde autores contemporáneos hasta los clásicos decimonónicos, e incluyen a Jane Austen, George Sand, Dostoievki, Tolstoi, Kafka, Beckett y Bolaño, entre otros. Para Mayol la visión política de los autores no importa demasiado, su relación con la literatura es completamente estética: “Debo reconocer que las tramas me importan menos que el estilo, que la reflexión, que la estructura de la obra. La trama la sigo, pero si se me salta un personaje o me perdí en algo, no me importa”

¿Cuál dirías que fue tu comienzo en la literatura, por dónde empezaste?

El primer escritor que me marcó mucho fue Sábato, sobre todo Sobre héroes y tumbas. La encontré una novela extrañísima, y me llamó mucho la atención el ‘Informe sobre ciegos’, no podía creer una cosa así, me pareció formidable. Una idea genial, demente, pero comprometida con el personaje, llevándolo por dentro. Después encontré en la casa de mi abuelo, que tenía pasión por el ocultismo, un artículo sobre Sábato en clave ocultista. De ahí pasé a los ensayos de Sábato, y después empecé a interesarme en Borges, por la disputa entre ambos, y comencé a armarme la escena argentina.

Mayol revela tener una relación absorbente con los libros, cuando lo enganchan. Le pasó con 2666, de Bolaño. Lo compró como a regañadientes, porque hasta entonces no le gustaba demasiado el autor, pero este libro gigante estaba en todas las librerías con gran pompa y decidió correr el riesgo. Y le pasó que una vez que lo abrió ya no pudo volver a cerrarlo, leyó toda la tarde. En la noche tenía un carrete, pero después de un rato le inventó al dueño de casa que tenía sueño, se retiró a un cuarto a seguir leyendo. Lo terminó en 24 horas.

¿Qué fue lo que te rayó de 2666?

La primera parte retrata muy bien el mundo académico, al igual que Houellebecq en Sumisión, que describe muy bien la academia francesa. Entonces tú te mueres de la risa, son exactamente las cosas que pasan entre académicos. Y de ahí para adelante funcionan muy bien los personajes, las intertextualidades (referencias a otros libros) que es muy difícil que queden bien, no impostadas. Y está lleno de intertextualidades, una cantidad brutal. Y de repente me empiezo a dar cuenta que Bolaño manejaba una cantidad brutal de recursos estilísticos, muy bien llevados, y empecé a disfrutar eso. La descripción de las pericias policiales, el personaje que tenía colgada la geometría de Euclides en su patio, y la parte policial, que está muy bien hecha. Las policiales en general no me interesan tanto, pero esta funciona muy bien. Eso me hizo volver a Bolaño de otra forma, y me hizo volver a fijarme.

¿Las demás novelas de Bolaño te gustan también?

Los detectives salvajes, sí y no. En general, me parecía que tenía cumbres muy altas, y a veces caía en algo un poco obvio. La otra que me impresionó mucho fue Amuleto. Una novela sencilla, casi sin estructura, pero el final, las cinco páginas finales son impresionantes. Yo creo que eso justifica una novela, creo que lo decía Henry Miller, con un párrafo que te quedas degustando un buen rato, ya la novela queda justificada.

Este procedimiento de rescatar fragmentos especialmente significativos de las obras le sirve para destacar algunos autores contemporáneos. De Martin Amis recuerda por ejemplo un momento de la novela La información, que trata sobre dos amigos escritores, uno fracasado y otro que se convierte en uno de los mayores éxitos comerciales del mundo. La relación está horriblemente desbalanceada hasta que termina en una infidelidad de la mujer del escritor fracasado. “¿Qué ocurre entonces?” pregunta Mayol. “Nada. Amis nos dice que es como el choque de dos galaxias. Y cierra el capítulo preguntándose. ¿Y qué pasa cuando chocan las galaxias? Entonces el siguiente capítulo comienza diciendo,  Cuando las galaxias chocan, no pasa nada. Normalmente hay tanto espacio entre cada uno de los objetos que la colisión es mínima, prácticamente se cruzan sin ningún inconveniente.

También de Amis recuerda un fragmento de La zon de interés, que recrea el momento en que llegaban los trenes con judíos a los campos de concentración para engañarlos y evitar que se fugaran, los recibían con una pequeña orquesta con fanfarria: “Es formidable la dinámica interna de los nazis, del otro lado de la frontera moral”.

De Sumisión, de Houllebecq destaca la capacidad de retratar con extrema verosimilitud un argumento improbable: la forma en que el mundo académico francés se iría rindiendo al islamismo, en virtud de la posibilidad de la poligamia.

Entre los chilenos recientes, destaca en particular e Labatut, con El verdor terrible, sobre todo por la capacidad de construir una novela con un enorme manejo de información científica e histórica, de forma fluida y estéticamente sólida

Volviendo a tu lectura de clásicos como Dostoievski, Camus, ¿cómo llegaste a ellos de chico? ¿Influencia familiar, o tenías un grupo con el cual ibas comentando estas lecturas?

En mi casa había bastantes libros, muchos viejos y dañados, pero uno que estaba razonablemente bien era Crimen y castigo. Y como me gustaba la filosofía, este estudiante con devaneos filosóficos y problemas morales evidentes, me parecía interesante, me conectaba con Thomas de Quincey, a quien había llegado a través de Borges. Pero era una lectura más bien solitaria, no encontraba mucha gente que fuera por mis propios derroteros literarios. Mi papá era bastante lector, pero leía más cosas de política y comunicaciones. Más adelante tenía un grupo, pero que era más bien fanático de la poesía, la típica cuestión chilena, no tanto de narrativa. Nos juntábamos a jugar pool, en el paradero 19 de La Cisterna, y después nos íbamos a una plaza a comentar.

¿Qué es lo que te interesaba en particular de los rusos, de Crimen y castigo por ejemplo?

Me fascinaban las problemáticas morales. La moral es el constructo más extraño del ser humano. Como esfera cultural, uno puede decir la ciencia o el arte, pero ambas tienen una forma más sociológica, la defienden personas que se dedican a eso, uno las puede interpretar desde la sociología. Pero la moral era otra cosa, no se puede interpretar como sociología.

La dimensión moral, especialmente su conexión con el ámbito de la espiritualidad, y religión, sin duda persigue a Mayol. Otra de sus ocupaciones es la de libretista de ópera, y estuvo a cargo del libreto de la ópera El Cristo del Elqui, basada en la novela de Rivera Letelier El arte de la resurrección, donde también se adentra en el tema moral. Cuenta que Rivera Letelier fue extraordinariamente flexible para permitir sus adaptaciones de libreto, sus únicas condiciones fueron que lo invitaran al estreno, salir a saludar al público después de la primera función y que le pusieran una chaqueta de cuero al actor que iba a hacer de poeta. Fuera de eso no impuso más limitaciones, así que Mayol aprovechó la instancia para agregar algo de sus propias obsesiones. Una de éstas era examinar la posibilidad de que el Cristo del Elqui (un predicador que surgió en la zona norte en los años ’50), fuera efectivamente Cristo. Si ya había aparecido 2000 años antes en un desierto, por qué no podía aparecer ahora de nuevo, en otro desierto, se pregunta Mayol.

“Me meto en el tema de qué pasaría con la Iglesia si llegara Cristo”, explica Mayol. “Y obviamente pasaría que la Iglesia se enojaría mucho, lo calificaría de impostor, sin saber si es impostor o no. Ahí hago la escena de la llegada del Cristo del Elqui a la capital, en un tren en vez de en un burro. Y el cardenal lo está esperando con la policía, y lo toman detenido, como un impostor, lo que efectivamente ocurrió”.

Vislumbro lo que quiere decir Mayol, pero borrosamente. ¿Qué significa que este nuevo Cristo pueda ser o no ser un impostor? ¿Por qué le interesa tanto el tema? ¿Está planteando una especie de apertura religiosa, hacia la trascendencia?

“Ahí está el tema de cómo construyes la idea de qué es lo correcto, prosigue Mayol”, con gran seguridad. “Que es un tema que está obviamente en Dostoievski, y en Kafka, cuyos límites son por supuesto difusos, en términos del personaje que es o no es, la declaración del enemigo del pueblo, ¿no cierto?”

Para explicarse prosigue con una interpretación de El extranjero, de Albert Camus, en la que destaca la importancia del azar o la suerte (en este caso  la mala suerte) en el caso judicial de Meursault. “Por una serie de circunstancias fortuitas, el caso de Meursault adquiere un borde importante y el juez se ve conminado a sancionarlo en todo el rigor de la ley. Eso me parece fantástico, todo lo que ocurre con la moral, y los tribunales…

Retomando el tema de Cristo, o el impostor, ¿cuál es tu lectura por ejemplo del Santo Inquisidor, en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski? le pregunto, para tratar de orientarme un poco

Lo que pasa es que a mí me interesa más que la conclusión última el planteamiento de problemas. La problemática de que el inquisidor puede ser entre comillas el personaje menos religioso de todos. Lo interesante de los personajes que promueven una moral muy categórica, es que de alguna manera van perdiendo una cierta espiritualidad. En cambio, un personaje como Cristo, que no es un moralista sino que al contrario, es muy flexible. Si uno lo analiza literariamente es un personaje muy flexible. Es incontrolable, porque define enemigos nuevos a cada rato. Actualmente la gente le echa la culpa de todo a los fariseos, pero los fariseos eran como el Frente Amplio de la época, eran el movimiento más rupturista, que, cuando les empieza a ir mejor, se vuelven más conservadores y ahí Cristo los recrimina, les dice, digamos, que se están aburguesando. Pero en el fondo Cristo era fariseo. De alguna forma, es un personaje tan flexible, que se pone a criticar a los amigos, y esa misma flexibilidad lo lleva a terminar muerto. Su desempeño en términos de estructuración política en favor de sí mismo era más bien discreto. Lo que pasa es que ese tipo de personalidades pueden transformarse en fenómenos inspiradores, como el Che Guevara, que tienen una impronta más espiritual, que una moral tan estricta.

Algo de lo que me dices me recuerda el personaje que se construye Carrère en varias de sus novelas, que siente una cierta atracción por la religión, pero como un constructo más, sin tomárselo completamente en serio, sólo como una posibilidad entre otras. ¿Te identificas con algo así en relación con la religión?

Yo tengo una relación fascinante con la religión, e indefinida. Considero que ser ateo es equivalente a ser banal. Porque es evidente que el mundo está pletórico de misterio.  Entonces eso me llevaría a ser agnóstico, pero ser agnóstico me parecería una especie de cobardía. Y creo que al ser creyente te conviertes rápidamente en crédulo, lo que tampoco me parece interesante. Entonces me muevo en círculos entre estos tres momentos, y en ese movimiento lo paso muy bien.

¿Cómo conjugas este movimiento que describes con el dilema que plantea Dostoievski, por ejemplo en Crimen y castigo, de la necesidad del arrepentimiento, y la redención con un sentido trascendente?

Justamente ahora estoy escribiendo un libro, que tiene algunas interacciones más o menos literarias, y que trata sobre el tema. Y lo llamo justamente a partir de una frase de Bloom sobre Dostoievski, “El abismo existencial”. Y planteo la tesis de que esto es en parte lo que está pasando con Occidente, estamos entrando en un abismo existencial. Y aquí utilizo una triada de tres personajes de Crimen y castigo, que me parece que configuran formidablemente el problema moral. El primero es por supuesto Raskólnikov. El segundo es Svidrigáilov, el violador que está enamorado de la hermana de Raskólnikov, que es un personaje caído, y el tercero es el policía judicial, Porfirio Petróvich.

Creo que esta triada es muy potente, pues representa las distintas salidas. Raskolnikov es por cierto el más cercano a la problemática cristiana. Él tiene un momento de frenesí intelectual, en el que replica el problema del paraíso, es decir, que él puede definir lo que es el bien y el mal. Y toma una decisión de hacer el bien haciendo el mal: esa mujer (la prestamista) merece morir. Esa decisión lo lleva, como siempre en la lógica de los pecados y la religión, a otro pecado. Un pecado lleva a otro pecado, un tema que también está en Woody Allen permanentemente. Y entonces mata a la hermana de la prestamista también. Y ahí se produce la primera crisis. Y por otro lado está este personaje de Svidrigailov, que es un personaje que delinque pero no quiere afrontar nunca el mal que hace. Se niega a creer que la violación es violación, por ejemplo. Lo sabe, pero se niega a aceptarlo. Entonces, cuando Raskólnikov lo confornta, y le dice ¿qué pasaría si tu supieras que lo que hiciste está mal y tienes que afrontarlo? Svridigailov responde: En tal caso, me suicido. Es un tipo que pasa de 0 a 100. En el momento en que reconoce que su miseria no da para existir ni tiene que matarse. Entonces es un personaje súper interesante porque justamente es coherente en medio de una paradoja. Y por último el policía, que te entiende la operación de la moral como corrosión. No tiene apuro en detener a sus sospechosos, porque sabe que su sospechoso va a venir a él.

Entonces me parece una tríada súper interesante que representa el debate de la Cristiandad, en su abismo existencial, que a veces se convierte en un abismo nihilista donde sencillamente tú vas hacia la destrucción y te sumes en ella. Y me parece formidable que eso ocurra con un escritor como Dostoievski, que es uno de los más occidentalistas de los escritores rusos, no obstante haber promovido cierto eslavismo.

Pero me parece que justo en ese lugar es donde se logra entender ese abismo existencial, en la frontera de Occidente. Me parece fantástico que siempre que Occidente llega a un punto de inflexión sobre sí mismo, se enfrenta a Rusia.

¿Ves que Occidente está en crisis en la actualidad?

Sí, por cierto. O sea, me parece bastante evidente que la crisis de Occidente es de alguna forma terminal en términos culturales. Ya entregó todos sus valores. Desde el momento que el corazón de Occidente estaba en su tesis sobre la razón, en esa tesis de que la razón es la base de su sistema educacional. Y el sistema educacional está por todas partes haciendo agua, sobre todo en el mundo universitario, donde el relativismo y el ideterminismo y toda clase de sesgos llamados como perspectivas proliferan formidablemente hasta la confusión total. Entonces a mí me parece que, que esas problemáticas morales revelan un deseo de no querer afrontar tu propia oscuridad: El personaje central ahí es sin duda Raskólnikov, que logra asumir la necesidad de su castigo. No es que le toque el castigo, es la necesidad del castigo. La profundidad que tiene el castigo. Y su hermana lo alienta a que viva ese castigo, a que lo disfrute en un sentido de dolor. Entonces, a mí eso me parece súper interesante, como el discurso más cristiano propiamente tal, que reconozco que cada vez me hace más sentido. Me parece interesante, en términos intelectuales y también espirituales. Y por otro lado la que vendría siendo la salid de Svidrigailov, que a mi juicio es la salida que está tomando Occidente: negar negar negar, inventarse cosas, todo comunicacional. Porque e no las cosas comunicacionales tapan toda la realidad. Hasta que ya no hay nada más que hacer, y se asume la muerte. No te vas a defender, porque implica asumir tu propia observación. Y eso no lo quieres hacer, y no lo vas a hacer.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.