Ficciones lesbianas en la literatura: lo que no puede ser dicho

Romina Reyes rememora su encuentro con el libro Ficciones lesbianas, de la académica argentina Laura Arnés, y el efecto que tuvo en el desarrollo de su propia reflexión, su literatura y su vida

Llegué a Buenos Aires sola, con 70 kilos mal repartidos en dos maletas. Arrendé una habitación en el departamento de una chica llamada María, y no hablábamos de nada. Quedaba en Villa Crespo, cerca de un cementerio. Yo era estudiante de literatura y escritora a tiempo completo, tanto un sueño como un privilegio, traducido en pasar bastantes horas sentada, como habitante del mundo de las ideas. Tanto un sueño como una pesadilla, si se me permite bromear. Así que puede que me enrede entre ficciones y realidades, entre cuerpo, performance y significantes.

Leer, escuchar a personas expertas en algún tema por cuarenta minutos mínimo. Tratar de formular una pregunta interesante y, también, tratar de no tener miedo de hablar en clases. Ese año fui a todo tipo de encuentros feministas: el Nacional de Mujeres en Rosario, en casas okupa de la periferia, fiestas separatistas en Almagro, tortódromos por la libertad de Higui, solo por nombrar aquellas que más recuerdo. Esta historia parte conmigo vestida de negro, con mi libretita de apuntes. Tengo acá esa libreta, color leopardo eléctrico donde anotaba mi rutina, cosas como “cuatro horas de lectura, dos de hueveo…” etc. Era algo así como el cliché de la estudiante de literatura, una intelectual exóticamente chilena, que asistía a un seminario sobre escrituras de mujeres, o escrituras feministas, o algo así (la memoria no me llega tan lejos). Lo que sí recuerdo era el lugar: el Malba, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, uno de mis museos favoritos; todo blanco, negro y asimetrías.

Esa era yo, una artista buscando referentes en todos lados, sobre-excitada con lo nuevo y distinto de vivir en otra ciudad. Pero no era sólo el lugar, o el acento; también se trata de quién era yo. De lo mucho que llegas a entender de ti misma cuando no tienes ni amigos ni familia cerca, o cuando estás sola o “sin hombre a tu lado”, digamos, la tragedia social de las mujeres.

Ficciones lesbianas que se oponen al eros hegemónico de lo heterosexual, ficciones que fluyen hacia identidades no fijas en cuerpos indeterminados.

Allí, en el Malba, escuchaba a las exponentes de una mesa sobre vampirización, relacionada con la emergencia de la mujer escritora, tomando como referente la intelectualidad o, dicho de forma patriarcal, la “monstruosidad” de Sor Juana Inés de la Cruz. La más llamativa de la mesa era Laura Arnés, una académica joven, que hablaba de lo lesbiano como un concepto sin tradición literaria.

Laura es doctora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, autora de Ficciones lesbianas: literatura y afectos en la cultura argentina (Madreselva 2016). Es la representante de una generación de recambio de las críticas feministas, una escuela iniciada por Nora Domínguez en los 80, con centro en la relación entre política y maternidad. Laura, feminista y disidente, expone teorías ancladas en el cuerpo generizado; a la vez, comenta la realidad argentina, bastante avanzada en términos de legislación: leyes de identidad de género, matrimonio igualitario y otras ganancias. Desde ese contexto de producción se hace la pregunta ¿existe la literatura lesbiana? ¿es necesario hacer contracánones, pensar otras series posibles?

No llegué a tener el libro Ficciones lesbianas en mis manos sino hasta varios años después. Lo vi en la casa de una amiga que hizo su tesis con Laura Arnés. 300 páginas navegando por la literatura argentina, buscando un rastro no valorado antes. Parecía increíble y, a la vez, aquella omisión histórica le daba el valor a su investigación.

El contracánon de ficciones lesbianas armado por Arnés rescata el devenir de  autoras argentinas como Susana Thenon y Diana Bellesi (a quien conocí en un recital de poesía a las afueras de Buenos Aires, y todavía recuerdo su voz poética maravillosa).

Sigo, en ficción a María Moreno y Silvina Ocampo, nombrando especialmente las novelas En breve cárcel, de Silvia Molloy, que aborda el reencuentro de dos mujeres que han sido pareja, Vera y Renata. La narración se centra en la espera y evocación de Renata, revelando el lado oscuro y el rebelde del amor; Monte de Venus, de Reina Roffé, publicada en 1976 y censurada inmediatamente, intercala la historia de Julia Grande, una adolescente que vive su despertar sexual y amoroso como lesbiana, cruzada con la historia colectiva de un colegio de mujeres, que vive la politización de la sociedad en torno al retorno de Perón; y Habitaciones, de Emma Barrandéguy, novela rescatada por María Moreno quién habló de la invisibilización que sufrió la autora en su época, ya que la novela también fue prohibida. Habitaciones reconstruye, desde el género epistolar, la vida afectiva y sexual de una mujer lesbiana, pasando por el deseo desde la adolescencia a la vejez, por la atracción entre una mujer mayor y una joven, etc. Ficciones lesbianas que se oponen al eros hegemónico de lo heterosexual, ficciones que fluyen hacia identidades no fijas en cuerpos indeterminados.

En algún momento, intercambiando correos con Laura en búsqueda de referencias para mi tesis sobre afectividad, cuerpo y feminismo, me recomendó leer -para entender la categoría de “cuerpo”- El cuerpo lesbiano de Monique Wittig, filósofa lesbiana y feminista, a quien le debemos el concepto de heterosexualidad compulsiva. Lo encontré en este link

https://www.caladona.org/grups/uploads/2017/01/wittig-m-el-cuerpo-lesbiano.pdf

Primero pensé que se trataría un libro de teoría, pero en verdad es un poemario erótico sobre la sexualidad lesbiana, llevando la apertura del órgano femenino a la expansión y ruptura de las formas canónicas del lenguaje. Una experiencia sensual y atractiva a ojos de las feministas; incomprensible para el patriarcado.

La intervención de Laura Arnés sobre las ficciones lesbianas en el Malba causó tanto impacto en mí que ese mismo día llegué a mi casa a editar la novela que estaba escribiendo, Ríos y provincias, donde los personajes masculinos se llevaban gran parte del protagonismo. Esa noche borré lo masculino, y me centré en la amistad entre las chicas, luego en la relación entre una hija y su madre; la relación de esa madre con sus amigas, etc.  Porque la charla de Laura me hizo pensar en las ficciones entre mujeres en general, con protagonismos femeninos y arcos narrativos entre mujeres. En ese esquema, lo lesbiano pensado como lo contracanónico que imponía nuevas narrativas, nuevos límites del cuerpo, y una apertura simbólica al cerrado erotismo heterosexual.

Ficciones lesbianas explica la dificultad inicial que existe a la hora de enfrentarse a la tarea de reconstruir lo lesbiano en la literatura, ya que es un elemento sin historia. Pero tiene historia, solo que lo percibimos como si no fuera así.

En ese sentido, no puede trazarse una tradición donde lo lésbico sea un concepto estable: existe en sus propios términos y se contrapone a todo afán universalizable. Podemos pensar que, paradigmáticamente, lo lesbiano no participa de ese “todos” que es la Nación, y de ahí las posibilidades se expanden, lo que habla también de lo lésbico como un contenido rebelde, en un mundo figurado como patriarcal.

Quiero decir que lo lesbiano, y las lesbianas como su significado, es un contenido que no integra la idea de sociedad ni de nación. Este es uno de los fundamentos teóricos de la invisibilización lésbica en la sociedad, expresada en forma de cuerpo. Por qué no pensar en el crimen paradigmático de lesboodio de Nicole Saavedra -secuestrada, torturada, violada y asesinada- quien corporizaba a “la camiona”, como una expresión de la dominación y exterminio de lo lésbico en la comunidad machista. Cuando Laura Arnés señala en su libro que lo lésbico está imposibilitado de decirse a sí mismo, nos obliga a preguntarnos quién habla en la literatura, bajo qué términos; cuáles son las voces posibles y cuáles los cuerpos a los que responden dichas voces. Algo que me hacía sentido dentro y fuera del texto, como concepto que figura lo real, como la existencia pensada en abstracción, como una sexualidad abierta y expansiva, como un tipo particular de violencia… y así, hasta llegar a mi propia existencia lésbica.

Porque lesbiana es una palabra, una orientación sexual, es una mujer que siente atracción sexual y amorosa hacia y por mujeres. Lesbiana es la chica joven que vive sola, que sale a leer, a estudiar, a visitar museos. Que toma vino y come empanadas con las amigas, o se toma un mate en el parque, cualquier parque. Que comparte el café de su país para que lo pruebes, que te convida cigarros, te dice que eres bonita y te acompaña a bailar, a escuchar música, a vagabundear por las calles. Como yo.

Además, eran tiempos violentos, emocionantes y duros para las mujeres, donde vivíamos un despertar feminista que nos atrapaba en una seguidilla de conversaciones donde abríamos las nociones de lo “normal” para hablar de acoso, de abuso y de violación sexual perpetuada principalmente por varones; al mismo tiempo, el contexto nos invitaba a imaginar nuevas formas de lo real; y si lo sentíamos difícil, lo sentíamos bueno, como una experiencia que estábamos dispuestas a sobrellevar juntas.

Y todo eso daba vueltas en mi cabeza.

*

En la literatura, la ausencia de lesbianas, ya sea protagonistas, secundarias, incidentales, evidencia la dificultad de lo lesbiano de hacerse presente. Por ello, las ficciones lesbianas nos enfrentan a la legitimidad de lo decible: “el secreto da su forma al lesbianismo, en su aparición pueden leerse opresiones y omisiones”, escribe Laura.

Ahora que leo sobre Monte de Venus –novela que tuve que googlear para conseguir algo de contexto, junto a todo el resto que enumera Laura, ya que sus nombres jamás habían sido referenciados para mí en ninguna clase de cultura, arte y/o literatura–, veo que mi relato sobre el tercero medio de un liceo de mujeres, que publiqué el año pasado en forma de fanzine, tiene un claro referente en Roffé, aunque yo nunca la hubiera leído. Me refiero a Parecíamos eternas (Hambrehambrehambre, 2020).

Escribí Parecíamos eternas como un cuento que se trataba sobre dos hombres y un grupo de chicas, pero en esa época ya estaba empezando a aburrirme de mis historias con “ellos”. La cosa es que en algún momento me di cuenta de que el cuento era suficiente sin estos dos personajes hombres que daban el arco a una historia que quería hablar de revolución secundaria, del 2006, pero también, y más románticamente, de juventud y revolución.

Me tuve que permitir a mí misma eliminar a los hombres de mi ficción. Por supuesto que esto tiene más argumentos literarios que personales: quería explorar las narraciones corales, como hace Nona Fernández en Space invaders: el personaje es el curso de un colegio en los ‘80, la dictadura. La forma de una vida colectiva. Eso quería ver yo, la existencia de las mujeres en su propia comunidad, donde el lesbianismo es la sexualidad hegemónica. Más o menos así partió en mí la idea de Parecíamos eternas, y todas estas reflexiones se relacionan con la lectura de Laura Arnés, y por qué no nombrar a muchas otras feministas necesarias: Luce Irigaray, Nelly Richards, Patricia Espinosa, Lorena Amaro, Braidotti, Kristeva, Haraway, etcéteras.

Como lectora, como escritora y como periodista me pregunto dónde se hallan las ficciones lesbianas de la literatura chilena. Por supuesto la Gaby Mistral “rural y lesbiana”, como dicen las Horregias, es una puerta abierta ya por las académicas del género, como Soledad Falabella: desde su romance con Doris Dana hasta las cartas que intercambiaba con Victoria Ocampo y Alfonsina Storni. Pero no debemos pensar que Mistral es una sombra, sino un referente para construir la genealogía de las ficciones lesbianas chilenas.

Me parece, leyendo a Laura, que las ficciones lésbicas no están referenciadas en la literatura canónica. Han sido prohibidas, sacadas de circulación de su propio país; sobreviviendo por ediciones en el extranjero. Pero también hay que pensar en esa lesbiana escritora a quien no se le permitió ser escritora, porque sus historias no eran consideradas como algo “sano”, o no eran lo que se quería vender, o por vulgar lesbofobia. Como sea. Los conceptos no existen en el vacío, pese a que para estudiarlos haya que situarlos en un mundo abstracto. El invisibilizar ficciones lésbicas es violencia de género, ejercida sistemáticamente por el patriarcado literario chileno. Han dicho sistemáticamente que la literatura chilena es Lihn, Bolaño y Donoso. Parra, Zurita, Neruda. Y nada más.

No es que me crea la primera en escribir ficciones de mujeres, por supuesto. Lo que quiero decir es que resiento la pérdida de la tradición de escritoras mujeres, de escritores homosexuales, travestis, trans, etc, etc. Siento la tristeza de sentirme una mujer sin tradición y sin literatura.

Me permito citar a Camila González, editora de Parecíamos eternas, quien me ha comentado cómo se ha recibido el fanzine: piensa en la idea de que la ficción lesbiana cae en una zona prohibida, que concita curiosidad. Como si las historias de amor y sexo entre mujeres fueran blasfemas. Nos prohibieron leer sobre lesbianas cuando, al mismo tiempo, como adolescentes de los 2000s tuvimos una sobreoferta de literatura y cultura sobre amores heterosexuales adolescentes –el normado mundo mágico de Harry Potter, o el vampírico de Crepúsculo; la casta Dawson’s Creek, la teleserie “16” y “17” de TVN; la ideología Mekano y Yingo–, que no se sintieron impuestas, sino normales, como lo que se suponía que debíamos ser.

Romina Reyes es escritora, ha publicado Reinos, Ríos y Provincias y Parecíamos eternas.

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