Lo primero que atrajo mi atención de este libro fue el título, y no andaba tan desencaminado, creo, porque el concepto misterioso de ceremonia se llena de significado a lo largo de esta novela que se construye por partes. Hay, en efecto, algo ritual, casi sacramental, en los tres episodios que se escogen para construir la historia fracturada de Chío y Pablo, momentos que por alguna razón dejan una huella indeleble en sus vidas, aunque no podamos determinar exactamente por qué.
En la primera ceremonia, Chío, una chica en sus veinte, recuerda un episodio de su adolescencia: un viaje a Talcahuano a disputar un torneo de taekwondo. Contra el trasfondo de violencia regulada, pero a menudo rebalsada del campeonato, se van desplegando de forma velada algunos de sus conflictos familiares, las tensiones con sus compañeros de equipo, y algo que podría ser un romance fallido. Pero nada llega a declararse del todo, sólo se insinúa, se vislumbra, y la capacidad de mantenerse en ese terreno brumoso, cargado de tensiones y conflictos irresueltos, sin llegar a definirlos nunca, me parece el mayor logro de esta tercera, notable novela de Nicolás Campos Farfán, publicada por Komorebi.
A lo largo del episodio, nos llama la atención sobre todo la mirada aguda, sensible de Chío para registrar su entorno: la visión del paisaje a través de la ventana del bus, el espejo quebrado de su casillero en el gimnasio, “con trizaduras semejantes a la textura de un ala de una mosca”, la arena reseca “que se resquebrajaba a cada pisada”. A Chío le gusta poner atención a momentos, o sensaciones específicas, a través de los cuales va indagando los estratos de su propia interioridad, donde va descubriendo un escenario en sombras, o iluminado sólo a fogonazos: “Junto a la ventana, apoyó frente y nariz sobre el cristal. Ante sí tenía, agitándose, el tejido de las acacias en la oscuridad. A esas alturas su estado le hacía gracia. En todo lo que percibía hallaba matices antes indistinguibles, unos bonitos, lúgubres otros.”
Hay algo que se extravía en el interior de Chío, que no logra aprehender con certeza, y que parece ser el verdadero motivo de su rememoración. Hacia el final, la muchacha se pierde literalmente en las calles de Talcahuano. A su alrededor, registra postales de un Chile pobre, o atrapado en una época pretérita, como sacadas de un museo, piensa. Termina por arribar a la playa, donde, de pronto, sobreviene un extraño encuentro. Chío anota sensaciones, planos, repentinos close ups mientras manotea en su interior en busca de algo que le permita reconectarse con sus emociones.
Chío anota sensaciones, planos, repentinos close ups mientras manotea en su interior en busca de algo que le permita reconectarse con sus emociones
En la segunda de las ceremonias, la cámara sigue a Enzo, un hombre viejo que arriba a una ciudad del sur para buscar a un antiguo amigo. A lo largo de sus averiguaciones, adopta un quiltro que exhibe las cicatrices de una violenta refriega (la violencia planea por esta novela o, mejor, la sostiene). De nuevo es la observación atenta, singular del protagonista la que va construyendo la tesitura fina y envolvente de la narración: la observación cuidadosa del paisaje, los perros callejeros, la gente con que se cruza, sus gestos velados.
Tengo que confesar, eso sí, que me distrajeron en este capítulo algunos súbitos “saltos de cámara” del narrador. Creo que funcionaba mejor el largo plano travelling, que seguía siempre muy de cerca las andanzas de Enzo (al igual que las de Chío en el capítulo anterior), pero cuando de pronto el narrador salta al personaje que Enzo tiene al frente, o adquiere una extraña omnisciencia, se rompe el hechizo que nos embelesaba.
A través de las indagatorias de Enzo, finalmente nos enteramos de la relación tangencial de su historia con la de Chío. Esta estructura de la novela, como un rompecabezas de tres piezas, que parecen ensamblarse de a poco, resulta efectiva para conjurar el efecto de vidas que se entrecruzan, quizás colisionan por algunas de sus puntas, o aristas, pero dejan siempre grandes porciones de su intimidad fuera del alcance de los otros, en las sombras.
La tercera ceremonia aborda la historia de amor fracturado entre Chío y Pablo. La narración va entretejiendo de manera contenida, pero con gran eficacia, los distintos acontecimientos a través de los cuales se va construyendo, y luego descomponiendo, una relación amorosa que es al mismo tiempo tópica y tremendamente singular.
En una ocasión, por ejemplo, se utilizan como eje las conversaciones que sostienen Chío y Pablo durante las madrugadas. “Siempre se sintieron mejor en la madrugada, ese espacio de silencios concentrados en que a ratos se desvanecía todo a su alrededor”:
A esas horas terminaron de conocerse. Se quedaban leyendo. A veces uno dormitaba un rato y luego se reincorporaba. Se mantenían así hasta que amanecía, pero aún se podían ver encendidos postes o faroles viejos.
Es en las madrugadas que se cuentan sus problemas familiares, discuten sus planes de cambiarse de carrera, o comparten sus recuerdos de infancia, o adolescencia, como, por ejemplo, el torneo de taekwondo en Talcahuano, que resurge aquí como un témpano un poco ominoso de la travesía vital de Chío.
La mano de poeta de Campos Farfán se nota en la forma en que se eluden las estridencias, y los sentimentalismos vacíos, para ir construyendo una historia de amor tentativa
La mano de poeta de Campos Farfán se nota en la forma en que se eluden las estridencias, y los sentimentalismos vacíos, para ir construyendo una historia de amor tentativa, cuidadosa, en que se busca constantemente la autenticidad. Los personajes mismos parecen estar llenos de esta ansiedad permanente a caer en la historia de amor manida, alejada de los verdaderos sentimientos. “Todo les parecía fingido, demasiado exterior. Se daban cuenta de ello, que entre las evasivas iban montando un juego cuyo trasfondo no comprendían”.
Vivencia generacional
La novela elude cualquier tipo de interpretación explícita (lo que se agradece), pero a través de la indagación cuidadosa de la experiencia de los personajes surge una vivencia generacional muy nítida. Chío y Pablo emergen como personajes desgajados de la historia, como a la deriva en un mundo que no les ofrece referentes claros por los cuales orientarse. Transitan por trabajos insatisfactorios, levemente abusivos, de la misma forma que transitan por relaciones sentimentales, sin la capacidad de establecerse en ninguna de ellas. Mientras lo hacen, acarician blandamente sueños de realización personal, la búsqueda de una especie de autenticidad a través del cultivo de sus gustos personales. Pero en general son sueños truncados, que se van deshaciendo a medida que se construyen, de manera tan anodina que ni siquiera llegan a notarlo. En una hermosa escena, Chío y su amiga Ximena intentan echar a andar un negocio de diseño de vestuario:
Ximena le muestra sus diseños a Chío. A Chío le parecen feos, aunque lo calla. Son vestidos de noche, vaporosos y brillantes. Los diseños de Chío tampoco deben gustarle a Ximena. Son austeros, con tonos opacos. Son incompatibles, pero son amigas, sobre todo porque se consideran serias y responsables.
El único consuelo que les entrega este periplo carente de épica, es la posibilidad de darse pequeños gustos un poco más “conspicuos” (no encuentro una palabra mejor): “Ambos ganaban algo más de dinero. Pudieron ir a algunos conciertos no muy caros, salir a comer a restaurantes peruanos y tailandeses. A veces se sintieron afortunados.”
Es por supuesto una alegría precaria, a la larga intrascendente, que acentúa el carácter melancólico de los personajes, un ánimo vital más bien desapasionado. Una síntesis un poco burda de esta visión descarnada, y la vez lúcida de la generación de profesionales jóvenes, podría ser: “El neoliberalismo ofrece satisfacción a algunos gustos personales, pero no otorga sentido.”
Pero en el fondo hay algo más que eso, algo inaprehensible que se cuela a través de sus vidas. Quizás sea la ausencia de drama, o la imposibilidad de escenificarlo, o la necesidad de representar la función en un escenario en sombras, un poco a tientas.
Identidad en sombras
La búsqueda literaria más de fondo de Tres ceremonias tiene que ver, me parece, precisamente con la exploración de estas zonas de la identidad de los personajes, donde las categorías se vuelven confusas, donde todavía buscan algo, pero no saben exactamente qué. Transitan un poco a tientas, en un mundo que les resulta extraño, muchas veces adverso. Los pasajes más potentes abordan este deambular por un mundo ajeno, que no se condice con su intimidad, en el que buscan fórmulas que les permitan nominar su experiencia: “Intenta seguir, pero entonces se da cuenta de que lo único que había esperado era eso; caer, dejarse caer”, piensa por ejemplo Chío en un momento.
Quizás por esta razón, su experiencia parece estar siempre recubierta de un halo de irrealidad, una atmósfera vaga, de alguna forma desconectada de sus emociones. Hay sentimientos, hay heridas ciertamente (como las del quiltro que adopta Enzo), hay anhelos y frustraciones, pero no llegan a construirse en una identidad sólida, o a lo menos clara. Aquí también resuena la estructura fragmentaria de la novela, los frecuentes saltos temporales, como si la vida estuviera hecha de hojas que se arman y desarman un poco al azar.
En medio de este abanico de momentos, pasos dudosos, perdidos, relumbran ciertos momentos en que la búsqueda de los personajes parece encontrar una dirección, sus interrogantes algún tipo de respuesta. Se dibuja, aunque sea borrosamente, algo que parece ser un camino a seguir.
Ahí parece haber una clave, instancias azarosas en las que súbitamente palpan en su interior algo que les podría otorgar un consuelo, quizás una sanación para la situación en que se encuentran. Las ceremonias pueden ser así puertas de significado, pero también son trauma, y su permanencia insidiosa puede resolverse siempre en un sentido u otro. El gran logro de la novela es internarse en este territorio brumoso, y atreverse a perderse allí, sin obligarse a encontrar una salida.

