Diario de un nadador, Crítica de En el estanque, de Al Alvarez

El destacado poeta inglés Al Alavrez recuenta su experiencia sumergiéndose en estanques helados del norte de Londres, que sirve como eje para recordar distintos momentos de su vida.

El diario de nadador de Al Alvarez, describiendo sus ejercicios natatorios durante todo el año en los estanques al aire libre de Hampstead Heath, al norte de Londres, es un libro maravilloso. Incluso el título, En el estanque, es el correcto: poco elaborado, ligero y directo. Pero no tiene un tema como para ser tan vigorizante y absorbente, su logro es uno contra las probabilidades. ¿Cuáles son, después de todo, las posibilidades de hacer una buena lectura de una actividad repetida, en el mismo lugar, día tras día: un registro de las zambullidas (la mayor parte de las cuales tienen lugar entre los años 2002 y 2009) de un anciano con artritis, decidido a liberarse de la edad en las aguas de la ciudad? En un sentido, el libro no podría ser más repetitivo. Pero lo leí como si cada baño fuera una nueva pregunta lo que en cierto sentido lo era— y como si yo fuera casi lo suficientemente valiente como para dar el paso decisivo junto a él. Y nunca me cansé de escuchar sus respuestas: el sentido de cada baño como un tónico, como una forma de nacer de nuevo.

Alvarez alguna vez el distinguido editor de poesía de “The Observer”, además de ser escritor, poeta, jugador de póquer y ex escalador de montañas— nos recuerda que el mismo lugar nunca es el mismo. Como V. S. Naipaul en El enigma de la llegada que describe paseos repetidos en Wiltshire, Alvarez está atento a los matices de Heath: el estanque es el único punto fijo durante todo el cambiante año. La gracia casual de su escritura es en parte, lo que hace que el diario sea una alegría de leer: “La primavera está de vuelta otra vez, pero pálida, tentativa, lavada, como después de una borrachera”. Disfruté especialmente su actitud irónica y vecinal hacia las aves: miembros de su club de natación. Él saluda a una garza macho, mantiene su atención en cisnes peligrosos, describe a los gansos de Canadá “ignorándose mutuamente, como algunas parejas mal casadas”. Es una especie de pájaro de agua él mismo, aunque su tobillo —un punto débil desde la infancia—, es demasiado frágil para permitirle ser una gran ave zancuda.

Disfruté especialmente su actitud irónica y vecinal hacia las aves: miembros de su club de natación.

Las entradas del diario funcionan como las brazadas rítmicas de un nadador, empujando hacia adelante a través del tiempo. En invierno, el agua puede ser brutalmente fría. Curiosamente, justo después de terminar el libro, estaba caminando en Hampstead Heath —en una mañana castigadora de enero— y pude ver, desde muy lejos, a un anciano dudando al borde del agua. Era obvio que la duda era sobre darse ánimos a sí mismo para sumergirse. Pensé en Alvarez y me hizo darme cuenta de que me habría gustado escuchar más sobre cómo aprendió a preparase mentalmente para nadar en los días más intimidantes.

Mi sospecha es que existe algún tipo de regla tácita de macho entre los nadadores al aire libre que hace que el miedo al frío no sea tema. Sin embargo, hay momentos en que Alvarez emerge del agua con los dientes y la mandíbula doliéndole y los dedos demasiado adormecidos para amarrase los pantalones o sus cordones. Afortunadamente, parece que siempre hay alguien a la mano para ayudar. Y lo que él comenta —la única conclusión inevitable— es que él se siente mejor después de su baño de lo que se sentía antes: el dolor desterrado temporalmente. La natación también es “buena para el alma… y más barata que el psicoanálisis”.

La natación se trata de vivir en el presente y contra la marea de la edad. Inevitablemente, el libro es una reticente meditación sobre el envejecer, aunque Alvarez hace todo lo que puede por ignorarlo (tenía 73 años cuando comienza el libro, ochentaytantos cuando lo termina). A la edad no se le da un trato mejor del que se merece, como un suspenso problemático. Él se irrita por la antigua amortiguación. No podría ser más claro sobre las humillaciones involucradas en no poder lograrla con facilidad. Nos deja saber sobre ellas en apartes hirvientes. No hace ningún secreto de sus vanidades —la necesidad de que la adrenalina esté presente al superar un desafío físico que alguna vez describió como “alimentar la rata”. Lleva su fallas, frustraciones e inseguridades en la manga, o alrededor de su tobillo.

Describe sus amores y sus odios —su disgusto por el mundo literario (“poblado por monstruos”) y su amor inquebrantable en un avistamiento repentino de su esposa: “Cuarenta años y mi corazón todavía saltó de placer”. Cita a Bette Davis: “Envejecer no es para blandengues”. Y a Beckett, que “lo captó bien” cuando escribió: “Debes seguir, no puedo seguir, seguiré”. Su propio lema es: “En caso de duda, rechina los dientes y hazlo”. En un momento, luchando contra mal tiempo, se compara con el rey Lear, pero sin el bufón. Yo diría que él es más como el rey Lear y el bufón juntos, con toda la irritación y sabiduría triste que implica.

La tenacidad de Alvarez es asombrosa. No es de extrañar que, cuando se recupere en el Hospital Royal Free de Hampstead, las enfile contra su cautiverio y obtenga un estímulo cuando sus compañeros nadadores le lanzan un tarro de mermelada con agua de estanque como regalo. Él está aferrándose a lo que llama su “crédito de estanque”.  Cumple 80 años e informa que siente que ha llegado a un destino casi “absurdo”: “Me siento como si me hubieran liberado para hacer lo que quiera”. Incluso después de un ataque cerebrovascular, eso significa nadar. Las últimas palabras del libro son de Pancho Villa: “No me dejen morir así, digan que dije algo”. ¿Es realmente posible que él no sepa que lo ha hecho?

Artículo aparecido en “The Observer” 17-02-2013. Se traduce con autorización de su autora. / Traducción: Patricio Tapia

En el estanque / Al Alvarez / Trad. J. Nadalini, Editorial Entropía, Buenos Aires, 2018, 288 pp.

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