Hay libros que te tocan. Como cuando te tocan el hombro y te das vuelta pensando en encontrar un rostro famliar, asumiendo que alguien te ha reconocido, un amigo o amiga, algún pariente, un o una ex compañera de trabajo, de la universidad o del colegio. Pero puede que te golpee, justo ahí, debajo del cinturón, y quedas sin aire, se te encoge algo entre la garganta y el pecho. Y eso es lo que pasa con el libro debut de Belén Fernández Llanos, un libro emotivo, elogiado por la crítica, una autoficción en la que la propia autora o protagonista nos cuenta cómo fue quedar huérfana de madre a los 14 años.
La autora narra desde una estremecedora naturalidad la larga agonía y lucha contra el cáncer de la madre
Alguien puede confundirse y pensar que estamos ante una literatura efectista, tipo teleserie. Todo lo contrario. La autora narra desde una estremecedora naturalidad la larga agonía y lucha contra el cáncer de la madre, y cómo impacta finalmente su muerte en ella. Se nos va revelando así la inocencia quebrada, el secuestro de la infancia, una especie de madurez prematura, una emancipación adolescente trunca, una relación de amor inconclusa, un espejeo trizado.
Comentar este libro sin hacer spoiler es imposible, ya dijimos de qué se trata y acaso la única concesión que podamos hacer es no contar el final, aunque éste sea un poco obvio. Destaca sobre todo la sobriedad elemental con la que se aborda la faceta menos espectacular de la muerte, su dimensión de trámite administrativo y cómo estos aspectos se revelan a los ojos de una niña de 14 años, que está recién preparándose para enfrentar el mundo adulto.
“El terapeuta dice que si uno tiene razones para vivir puede salvarse. Si mi mamá muere, ¿no tiene razones? ¿Nosotras -yo- no somos suficientes?” se pregunta en un momento.
Hay un reclamo implícito, o como dijimos un ajuste de cuentas, siempre. Evitar mirar de frente la herida no evita que ésta supure, y sangre. La amiguita le pregunta a la protagonista ¿por qué tu familia no llora? Y no hay respuesta. Es como la carta de despedida que su mamá no le dejó. Y la niña piensa: otra mamá lo hubiese hecho. O la conversación que no tuvo con su padre, acerca de lo que “iba a ocurrir” y que podría haber servido como catarsis. La protagonista echa de menos todo eso que no tuvo, y que de haberlo tenido le habría hecho -cree o sabe-, tan bien.
Lo inservible de las oraciones a un santo que no puede detener lo inexorable. La bronca que dan los comentarios de los médicos, profesores, parientes, adultos que felicitan la valentía de una niña que no quiere que la feliciten, porque no quiere ser valiente, quiere ser niña, y llorar. Porque no lloran, no hablan del dolor, más bien lo asumen con el estoicismo de los pobres, como si no hubiese que llorar porque ya estamos acostumbrados a las dificultades más graves y resignados al sufrimiento interior. O si se quiere lo asumen chilenamente, de forma oblicua y no directa, callando, recurriendo a eufemismos, al humor, como una clave de identidad a la que como lectores accedemos en tanto chilenas y chilenos. El llanto del padre en la mesa, sucede recién cuando se desayuna por primera vez sin la madre, estando ésta muerta.
El contexto también se expresa a través de sutilezas y guiños, un trasfondo de épicas rotas y esperanzas traicionadas que marcó para muchos chilenes el primer gobierno socialista después de la dictadura. Se dibuja así el calvario de las enfermedades catastróficas en el sistema de salud chilena, la condena de las deudas, la lucha contra el cáncer como sinónimo de una una travesía por el desierto en múltiples dimensiones. La quimioterapia como metáfora del bolsillo, metástasis en las finanzas del hogar, sentir que se te defenestra de tu dignidad. La desesperación, la fe desorientada, el naufragio de las esperanzas y terminar defraudada por los espíritus de los médicos brasileros que te tratan de curar desde el más allá. Una imagen de lo que es la vida o la sobrevivencia en este largo y estrecho territorio maltratado y del maltrato.

Para terminar, quisiera tender puentes entre “Ella estuvo entre nosotros” y tantos otros libros que tratan un tema similar. Se me vienen a la mente los relatos autobiográficos de Milena Busquets (Esto también pasará) y de Rafaela Lahore (Debimos ser felices), y también la novela debut “Los eufemismos” de la mexicana Ana Negri. Pero su peculiaridad estriba en que ahí donde otras escritoras han sabido retratar con humor, con bronca, con dolor, con crudeza y con toda la seriedad que corresponde, las injusticias y atrocidades de la dominación masculina; Fernández apela a una sutil sencillez y honestidad de niña a los 14. Los “temas de género” están ahí, pero no como discurso, sino más bien como una realidad dada, como parte del paisaje mental de la protagonista. La historia de su madre y su padre, que ella misma repasa, no refleja ni conduce a una reflexión en torno a la violencia patriarcal. Se constata la inutilidad del padre hasta con ternura, la resignación ante una eventual caducidad de la pasión romántica. La niña toma nota, nada más. Porque el dolor de la muerte de mamá es más fuerte. Quizá por eso la escena que más me resonó en la cabeza mientras leía Ella estuvo entre nosotros, no proviene de ningún libro, sino de un documental ‘Lemebel’. Me refiero al momento en que Pedro Lemebel se queda repitiendo ante la foto de su progenitora, esa triple conjunción de sílabas: “mi mami”.
No pude evitar llorar con este libro. Me quebré con la escena en que la protagonista recuerda cuando su mamá le prohibió ver televisión y en cambio la empujó a la lectura, sintiéndose triunfadora cuando constató que su hija no sólo había leído sino que se había emocionado con lo que había leído: el clásico cuento “Lucero” de Óscar Castro, donde un hombre debe sacrificar a su amado caballo. Magistral en su ejecución, Fernández remata con la lección que le dio su madre sin saber que el cáncer se la llevaría: “los caballos se mueren, la gente se muere, los libros se terminan y nunca hay que saltarse cosas para llegar al final”.
Ella estuvo entre nosotros / Belén Fernández Llanos / Editorial Overol 2019

