Tres tipos de mujeres según Chéjov

Lo que pasa por la cabeza de un hombre durante un encuentro sexual, en uno de los cuentos fundamentales de la historia de la literatura

Además del teatro y las nouvelles, Chejov publicó en vida más de 200 relatos breves, y de seguro hay aún hay muchos que no han sido identificados, perdidos en la pléyade de seudónimos que utilizaba en la prensa. Su calidad es muy irregular, a pesar de que ahora se distinga en cada uno un rasgo fino o una frase corrosiva o penetrante. Bosquejados por cualquier otro autor, de seguro buena parte de ellos hubiera pasado al olvido.

Muchos, sobre todo los de juventud, son una especie de semblanzas, o escenas cómicas de la vida campestre o citadina, sin mayor argumento ni conflicto. Quizás, en esa época, ocupaban en la prensa el lugar que ahora ocupa el humor, o las tiras cómicas.

Los de mayor madurez, se inscriben con fuerza en la poderosa tradición de denuncia social de la literatura rusa. Chéjov, que era médico (al igual que el padre de Dostoievski), veía con claridad la iniquidad pavorosa de la Rusia zarista, que en sus cuentos adquiere con frecuencia la forma de una enfermedad moral. Pero este motivo es abordado casi siempre de manera demasiado didáctica o esquemática. Sus personajes y situaciones se transforman a menudo en meros portavoces de las ideas del autor, y esto hace que pierdan verosimilitud, que se vuelvan deliberados y predecibles.

Sus mejores momentos los alcanza Chéjov cuando es tentativo e impreciso, cuando manotea en la oscuridad tras algo que intuye, pero que no logra aprehender del todo, algo que para él mismo resulta desconocido y amenazante. La injusticia social sirve entonces de telón de fondo para una alienación más oscura y fantasmal, que tiembla debajo de sus frases en momentos de inesperado lirismo: un joven intelectual intentando descifrar el color de una bahía, un médico atascado en una finca lejana, combatiendo las presencias malignas que se enredan en la noche. Entonces, el mismo yo parece hacerse jirones, como una nube ante una ventisca repentina (una imagen predilecta del autor), y las frases se desenhebran en una angustia indefinible, que anticipa toda la sensibilidad del siglo XX. 

En este sitial superior se ubica justamente  “La dama y el perrito”, ese cuento paradigmático del autor, a pesar de su título poco promisorio, y quizás errado. La historia versa sobre un romance aparentemente trivial entre Gurov, hombre casado y consumado gigoló, y Anna, una mujer más joven y timorata, también casada. Ambos traban conocimiento en Yalta, el típico balnearios ruso de la época. No sabemos por qué, este amorío gratuito, desata en ambos una aguda crisis existencial, como si todo el vacío que hasta entonces hubiera permanecido oculto, o contenido a presión en sus vidas, explotara de pronto.

Surgida quizás del aburrimiento, o del deseo de vivir una experiencia nueva, la pasión que los une es principalmente sexual, como Chéjov se preocupa de dejar bien claro. En cuanto se besan por primera vez, se dirigen de inmediato a la habitación en que se aloja ella. Esto me llama la atención, tengo que reconocerlo. Me imagino estos personajes formales, ataviados de traje y vestido largo, y no puedo evitar imaginar un tipo de acercamiento más paulatino, fraguado de temores y preámbulos y represiones no reconocidas. Eso de pasar de los inocentes paseos llenos de eufemismos, al beso y luego, casi corriendo al cuarto de hotel. me resulta más propio de una teleserie nocturna contemporánea que del entorno que dibuja el cuento. Pero quizás fuera así en la Rusia de la época, o quizás Chéjov quiere decirnos algo.

Como sea, de acuerdo con los cánones de la época, es obvio que el autor no puede darnos demasiados detalles de lo que ocurre en la alcoba Una lástima, me habría gustado ver a Chéjov enfrentado a ese desafío literario, de seguro nos habría legado toda una serie de recursos maestros. Pero aprovecha la ocasión de forma más tanto más perturbadora, escandalosa diría; no hay lencería ni encajes, no hay pechos agitados, ni menos temblores coitales. En vez del vaivén de los cuerpos, asistimos a los pensamientos de Gurov, cuya mente deriva hacia las distintas mujeres con las que compartido alguna vez la misma escena (que sin duda son muchas). Los casos particulares se diluyen en su mente, y cuajan de nuevo en la forma de tipos humanos, que actúan como un correlato obsceno y amenazador del encuentro sexual que esta viviendo con Anna. Los tres tipos de mujeres que se pasean y toman forma en su conciencia, son los siguientes:

  • Aquellas mujeres alegres y despreocupadas que, felices de hacer el amor, se muestran agradecidas por el goce que él les prodiga, por más breve que sea.
  • Aquellas, como su esposa, llenas de caricias insinceras, que hablan sin cesar, de un modo afectado e histérico, con una expresión que trasluce a las claras que no se trata de amor, ni de pasión, sino de una cosa muy otra.
  • Aquellas muy escasas mujeres frías, en cuyos rostros aparecía de repente el destello de una llama salvaje, el deseo rabioso de tomar, de obtener algo, extraer de la vida más de lo que la vida podía dar: mujeres que ya no eran tan jóvenes, caprichosas, osadas, ansiosas y dominantes, que, cuando ya dejaban de interesarle, cuando su belleza dejaba de ejercer su influjo sobre él, comenzaban a inspirarle una especie de repulsión y los vuelos y encajes de sus vestidos se le antojaban escamas.

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