Documentar el presente, Crítica de Desierto sonoro de Valeria Luiselli

La historia violenta de Estados Unidos sirve de trasfondo para el viaje de una familia que intenta dejar registro de un presente que se escapa

The Lost Children Archive (2019) es la primera novela en inglés de la escritora mexicana Valeria Luiselli (1983). Daniel Saldaña y la misma autora traducen la novela que fue publicada por Sexto Piso bajo el título Desierto sonoro. Las páginas iniciales son una inmersión en la dinámica familiar. La madre y su hija, el padre y su hijo han formado una familia con espacios, historias, lenguajes, tiempos e hitos familiares únicos, así como conocimientos intuitivos e instintivos sobre ellos. Constituidos en tribu, las relaciones se despliegan de forma reconocible y cercana a través de una estructura narrativa fragmentada que va develando la memoria y sus representaciones que se presentan bajo pequeños y sugerentes títulos. El espacio de circulación habitual cambia cuando el padre, documentólogo que trabaja con el registro de sonidos, decide que su nueva investigación será reconstruir a través de elementos sonoros la historia de Cochise, Gerónimo, Nana y los otros jefes chiricahuas, “las últimas personas libres del continente americano”.

La novela es un road trip que registra el viaje de la familia desde New York hasta Arizona para realizar un “inventario de ecos”, sin embargo, el viaje no constituye un objetivo común sino uno personal y se contrapone al de la madre, documentalista sonora, que persigue investigar la historia de los niños migrantes que llegan a través de México a Estados Unidos. Ambos propósitos orientados a la reconstitución de historias pasadas y presentes, se vuelven insostenibles en la convivencia mutua y obligan a desandar y repensar el camino hecho en conjunto.  

Constituidos en tribu, las relaciones se despliegan de forma reconocible y cercana a través de una estructura narrativa fragmentada que va develando la memoria y sus representaciones

Las vacaciones de verano dan inicio al viaje. Junto a ellos, van también siete cajas ordenadas metódicamente en la parte trasera del auto. En ellas van los registros físicos necesarios para cada investigación: mapas, documentos, fotografías, libros, cuadernos de notas, entre otros. Cuatro cajas del padre, una de la madre y dos cajas vacías, una para el hijo, otra para la hija, que esperan los registros futuros. Las narraciones de los apaches relatadas por el padre y las noticias sobre la inminente deportación de niños que escucha la madre a través de la radio van sucediéndose y alternándose con juegos, canciones y silencios. De esta forma, la familia va creando su propio archivo mientras atraviesan desiertos, valles, montañas, pueblos, fábricas y gasolineras olvidadas. Aparece Estados Unidos detrás de las voces: colonización, genocidio e intervencionismo, y es otra la familia que surge y se renombra, ya no son la madre, el padre, el hijo y la hija sino Flecha Suertuda, Papá Cochise, Pluma Ligera y Memphis.

La novela se estructura en cuatro partes. En cada una asistimos al desglose del contenido de las cajas y las relaciones que se establecen más allá de las intertextuales. El archivo dialoga también con ellos, al releer sus anotaciones van recordándose como otros, la búsqueda de rutas en los mapas actúa como una metáfora personal y colectiva, la lectura de los libros va desentrañando significados y proponiendo futuros. La madre y el hijo son los narradores que documentan el viaje y la historia familiar, donde documentar según las palabras de la madre es “añadir una capa más, algo así como una pátina”, es agregar tiempo y proponer la fijación de una lectura que se sobreponga a lo múltiple y al ruido de lo cotidiano. Pienso en la memoria y aparecen los últimos dos versos de un poema de Turkeltaub: De qué te vas a acordar / de qué te estás acordando. Entonces, el archivo aparece como lanecesidad de establecer directrices de sentido: proponer una narración, controlar la ausencia y el olvido, motivos fundacionales del libro. Dentro de la novela hay otra voz que se articula a través de la lectura del libro Elegías para niños perdidos que hacen la madre y el hijo. Luiselli habla a través de la autora ficticia Ella Camposanto para mostrar la crisis migratoria y las condiciones de violencia e injusticia que viven los niños y las niñas migrantes. Basado en varios libros que hablan sobre exilios y cruzadas infantiles, las elegías van alumbrando distintas realidades sobre la migración infantil, imágenes difíciles de muerte y persecución. La niñez se transforma en un eco de injusticias políticas y sociales y, lentamente, la búsqueda de los niños del libro se mezcla con la historia de la familia, los hijos también son ecos de sus padres y sus ausencias.  

Al escuchar una de las entrevistas hechas a la autora, noto que el camino que ella hizo con la novela es el mismo que hice como lectora. La realidad sobre la migración infantil que necesitaba fijar se le escapaba, por lo tanto, escribe Los niños perdidos. Un ensayo en 40 preguntas (2016) antes de terminar la novela. En el ensayo documenta su experiencia como intérprete en la Corte Federal de Inmigración, donde realiza un cuestionario compuesto por cuarenta preguntas a niños y niñas que han logrado pasar la frontera. El objetivo político de las preguntas es ordenar la crisis, confeccionar un relato legal que permita decidir si las niñas y los niños pueden ser admitidos como refugiados o si deben ser deportarlos. El testimonio monosilábico, entrecortado, sin referentes espaciales y temporales es la única oportunidad que tienen. Terminé el ensayo antes de finalizar la novela, siguiendo instintivamente el desvío de la autora, sobrepasada por la realidad de las muertes, por el enfrentamiento con “la bestia”, por la violencia, por lo que olvidamos. La novela es una problematización a nivel afectivo, político, social y teórico. Resulta un ejercicio interesante sobre la visualización del proceso de escritura y la conformación del archivo del escritor. El relato, el testimonio, la documentación son visualizaciones del vacío o la fractura, por lo tanto, la existencia del archivo y la escritura proponen el vestigio como instancia de memoria. Tal vez, como dice la autora, documentar sea simplemente coleccionar presente, una especie de desafío al olvido

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